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Me di cuenta de que cada decisión era una despedida… y no estaba preparado

Queremos la libertad del viajero pero la seguridad del hogar; la pasión del artista pero el sueldo del gerente. Y en esa ambición de no perder nada, terminamos por no tener nada real.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Elegir es, en el fondo, un pequeño acto de luto. Mi hija me miraba el otro día desde ese rincón del sillón donde se refugia cuando el mundo se le vuelve demasiado ancho. Tenía una oferta de trabajo en otra ciudad, un proyecto propio a medio cocinar y la inercia de una vida cómoda que la retenía.

“Si me voy, pierdo lo que tengo acá. Si me quedo, pierdo lo que podría ser allá. Haga lo que haga, me voy a estar equivocando”, me dijo, con esa angustia de quien siente que la vida es una cuerda floja. Estaba paralizada frente a su propia encrucijada, pidiéndome una certeza que yo tampoco tengo, pero que ella necesitaba para dejar de temblar.

En la trampa de la omnipotencia moderna, nos han hecho creer que podemos serlo todo, todo el tiempo. Que somos una colección infinita de posibilidades y que el éxito es no cerrar ninguna puerta. Pero la vida no ocurre en los pasillos, ocurre dentro de las habitaciones. Y para entrar en una, hay que dejar atrás el resto.

Me acordé de una escena de la película de ciencia ficción “Las vidas posibles de Mr. Nobody”. El protagonista, un anciano de 118 años llamado “Nemo”, recuerda todas las vidas que podría haber tenido: La que vivió con una mujer en una ciudad, la que vivió con otra en el campo, la que fue éxito y la que fue tragedia. Cuando le preguntan cuál de todas fue la verdadera, él responde con una lucidez que duele: “Mientras no elijas, todo sigue siendo posible. Pero en el momento en que eliges, todas las demás vidas mueren”.

Ese es el miedo que tenía mi hija en el sillón. No era miedo al fracaso, era el terror de asesinar a sus otras versiones. El miedo a que, al elegir el camino A, la versión de ella que triunfaba en el camino B desapareciera para siempre.

Vivimos en una cultura de “ventanas abiertas”, donde saltamos de una pestaña a otra de nuestra existencia sin terminar de habitar ninguna.

Queremos la libertad del viajero pero la seguridad del hogar; la pasión del artista pero el sueldo del gerente. Y en esa ambición de no perder nada, terminamos por no tener nada real.

Como “Nemo” en el andén del tren, nos quedamos congelados viendo cómo las opciones pasan de largo, convencidos de que el “Zugzwang” -ese término del ajedrez donde el único movimiento seguro es no moverse- es una estrategia de defensa. Pero en la vida, no moverse es la derrota más silenciosa.

Le dije a mi hija lo que me hubiera gustado que alguien me dijera a su edad: Que ninguna elección es perfecta porque toda elección implica una pérdida. Que elegir es un sacrificio necesario para que la realidad nazca. Una vida real, con sus bordes filosos, sus errores y sus limitaciones, vale mil veces más que ese archivo infinito de “posibilidades” que sólo existen en la cabeza y que nunca nos van a dar calor en invierno.

El secreto no es elegir el camino donde no se pierda nada, porque ese camino no existe. El secreto es elegir aquello que valga el luto de todo lo que dejamos atrás.

Al final, mi hija se levantó del sillón. No se fue con una respuesta, pero se fue con una decisión. Entendió que el andén es un lugar de paso y que, aunque le duela ver cómo las otras vidas se desvanecen por la ventanilla, lo único que importa es el viaje que finalmente se animó a empezar. Porque sólo las vidas que “mueren” al elegir son las que permiten que la única vida que tenemos empiece, por fin, a respirar.

Juan Tonelli

Escritor y conferencista

Autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”

www.youtube.com/juantonelli

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