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Columnas Águilas y serpientes

Venceremos

Si usted ha leído algo de historia, sabrá que calamidades las hemos tenido toda la vida.

Por Rafael Liceaga

Si usted ha leído algo de historia, sabrá que calamidades las hemos tenido toda la vida. Plagas, pestes, pandemias, guerras infernales, y un sinfín de problemas que nos han costado mucho, pero de los que siempre, la humanidad, ha salido airosa.

El estrés, la ansiedad y el miedo son hoy, nuestros adversarios. En un mundo con incertidumbre, nuestro cerebro se guía por ese mecanismo de alarma que detecta peligros y amenazas. Máxime si se nos presentan casos como el Covid19 que ahora nos tiene encerrados a todos. Cuando la ansiedad se potencializa, nos señala que ha llegado la hora de revisar qué estamos haciendo bien y qué estamos haciendo mal, para controlarlo y superarlo.

También experimentamos la angustia como sociedad, al enfrentarnos a situaciones de crisis como la vivida actualmente. La angustia contemporánea nos limita la fuente de la alegría y el sentido del vivir. Este alejamiento produce una opresión y un sin sentido intensos. Enfrentar todo esto, en completa solidaridad con los demás, es nuestra mejor opción.

La ansiedad y el estrés son los ajustes necesarios para salir de un riesgo. Una vez que la lucha permite deshacerse del peligro, el organismo recupera su estado de calma y equilibrio. Mantener la calma en plena crisis es fundamental para pensar con claridad y para que las emociones negativas no influyan en nuestro ánimo. El agobio y la desesperación pueden ser malos consejeros a la hora de pretender actuar con precisión, eficacia e inteligencia.

La calma permite elegir correctamente el camino que se transitará en turbulencias y, de esta manera, las posibilidades de llegar a un estado de relativa tranquilidad aumentan. El organismo, frente a una amenaza, activa un sistema de defensa para escapar del peligro; es una manera natural de protegerse.

Si la situación se mantiene, nos volvemos más vulnerables. Los elevados niveles de estrés nos llevan a la depresión. Los estados de ansiedad fuertes nos llevan a caminos donde luego es difícil salir. Pero ni la ansiedad ni el miedo son siempre nuestros enemigos. Por el contrario, nos protegen de riesgos y peligros. Nos indican lo que puede ser perjudicial. Nuestros verdaderos enemigos son la ansiedad desbordada y el miedo disfuncional. Hay que actuar.

Es preciso hacer una lista de lo que nos preocupa y otra lista de las cosas que van bien. De esta forma, también pensaremos en lo bueno que nos pasa. Nos recuerda que nuestra fe es grande y que ella nos hace valientes. La bondad y la conexión emocional con los demás, ayuda.  Nos relaja, nos llena de calma y optimismo. El apoyo, la solidaridad y la apertura, nos ayudan a llevar una mejor calidad de vida dentro del problema.

El diálogo interno también nos calma. Reflexionar, nos lleva a nuestro bienestar sicológico. Conseguir este pequeño gran reto puede ser la llave que abra esa solución que estamos buscando. Y si a eso, le agregamos la amistad con Dios, ¡qué mejor!

Ánimo que saldremos de esta vencedores.

* El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y coordinador de Tijuana en Movimiento.

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