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Columnas Sueños de plata

Un día lluvioso en Nueva York. Dir. Woody Allen

En la era del #MeToo, una nueva película de Woody Allen parece ser noticia más por la indignación que provoca en una mayoría el hecho de que el director octogenario siga trabajando en la industria que por expectativa real del producto artístico.

Por Manuel Ríos Sarabia

En la era del #MeToo, una nueva película de Woody Allen parece ser noticia más por la indignación que provoca en una mayoría el hecho de que el director octogenario siga trabajando en la industria que por expectativa real del producto artístico.

La cinta, que por las mismas razones no será estrenada en los Estados Unidos y que muy probablemente sea la última que Allen ruede en su país (su siguiente producción fue filmada en España) tiene otros problemas.

Gatsby Welles (Timothée Chalamet) es un joven de familia adinerada, que estudia en la ficticia universidad de Yardley al norte de Nueva York. Su novia, Ashleigh (Elle Fanning), consigue una entrevista con el reconocido director de cine Roland Pollard (Liev Schrieber) y la pareja decide aprovechar la oportunidad para pasar el fin de semana disfrutando de la ciudad.

Por azares del destino, los enamorados se separan y mientras Ashleigh es arrojada a una tumultuosa tarde, en que convive con una variedad de hombres mayores que sienten atracción hacia ella; Gatsby deambula la ciudad ensimismado y escondiéndose de sus familiares, a quienes no se quiere topar para no tener que asistir a su fiesta de sociedad.

Allen, intenta presentar un Nueva York contemporáneo, a través de protagonistas de un cuarto de su edad, que a pesar de usar iPhones no pueden ser identificables realmente como jóvenes actuales debido a su inconfundible diálogo Allenesco. Todas sus referencias y gustos son las de un miembro de la generación silenciosa y en el mejor de los casos de un boomer.

La fotografía de Vittorio Storaro, que colabora por tecera vez con Allen, crea un Nueva York de fantasía que sólo existe en las vidas de multimillonarios, dueños de departamentos con vista al parque central. En este mundo, Timothée Chalamet hace lo suyo para interpretar una versión más de Allen, la cual no es precisamente exitosa. Chalamet, con todo su talento, intenta canalizar la neurosis característica de Allen en un personaje que no hubiese sido precisamente creíble ni siendo interpretado por el director mismo (hace cincuenta años, claro está).

Pero quizá el aspecto más problemático, a la luz de las acusaciones en contra de Allen, es la insistencia por presentar a una atractiva, si muy torpe, protagonista, en la piel de Ellen Fanning, la cual despierta la imaginación y el deseo en todos los hombres mayores que cruzan por su camino (de los cuales el menor de ellos, Diego Luna, le dobla la edad).

Cuando Gatsby escucha a Ashleigh hablar entusiasmada acerca de la genialidad de Roland y se pregunta “¿Qué es lo que hace que las mujeres se sientan atraídas hacia los hombres mayores?” parece que estamos escuchando a Allen justificándose a sí mismo como a un genio irresistible para las mujeres menores, y esto no ayuda en nada a su causa.

Sin embargo, más allá de lo que revela la cinta, lo cual no es novedoso en el universo de Allen, de sus gustos y manías, su mayor pecado es que en realidad no es muy buena en comparación con el resto de su obra. Se siente, tristemente, como otra entrada compulsiva en su afán por producir una película al año, independientemente de la calidad obtenida.

Dentro de la necesidad de cumplir con su meta, e incluir a actores contemporáneos en el proceso, se sienten particularmente forzadas las apariciones de Selena Gomez y Diego Luna, que impuestos a regurgitar los diálogos de Allen, no logran imbuirlos de naturalidad y se sienten fuera de lugar en el Nueva York idealizado del director, que evoca una época pasada, a la que ninguno de los dos pertenece.

Chalamet y Fanning, igualmente parecen estar atrapados en los restrictivos arquetipos del director, intentando emular su característico estilo a costas de perder parte de su naturalidad histriónica. Fanning, al final, es la mejor librada en su papel de boba intelectual.

Para los que aún estén dispuestos a separar al artista del ser humano y decidan seguir patrocinando a Allen, Un día lluvioso en Nueva York ofrece un breve respiro del resto de bodrios comerciales que abarrotan la cartelera, y eso ya es algo.   

*El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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