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Tiempos de cambio

Al terminar la Guerra Fría, el consenso indicaba que un sistema democrático, economía de mercado y globalización serían la receta ideal para encaminar a un país al desarrollo.

Por Roberto Quijano Luna

Al terminar la Guerra Fría, el consenso indicaba que un sistema democrático, economía de mercado y globalización serían la receta ideal para encaminar a un país al desarrollo.

Francis Fukuyama lo denominó el “fin de la historia”, su tesis: al caer el comunismo soviético, la democracia liberal se posicionaría como el único modelo político viable hacia el futuro, no habría alternativas.

Efectivamente, el sistema democrático se extendió en los 90s y 00s en Asia, África, Latinoamérica y Europa del Este en tanto que las democracias tradicionales continuaron su camino. No obstante, al progresar el siglo XXI se fueron consolidando, por un lado, los agentes disruptivos con los que vivimos actualmente como explosión demográfica, cambio climático, redes sociales y migración masiva y, por otro lado, resurgieron viejos demonios que se “creían” minimizados como clasismo, elitismo, racismo y desigualdad (política, económica, de género, jurídica). El modelo democrático estaba diseñado para que la gente votara y participara, no estaba preparado para atender todos estos problemas.

Ante esta incapacidad, las estructuras democráticas perdieron su otrora vigor y creció la incertidumbre entre gobernantes y gobernados. Los problemas complejos del presente fueron atendidos con soluciones simplistas. En Estados Unidos, la desigualdad económica y racial en vez de ser atendida en su dimensión multifactorial (educación, oportunidades, salud), fue abordada mediante el encarcelamiento masivo de sus ciudadanos negros. En México, la creciente violencia y deterioro del aparato gubernamental fueron atendidos con simulaciones políticas o, de plano, con más violencia.

Con el paso del tiempo, tanto incertidumbre como problemas fueron creciendo al punto de desbordarse. Ante esta situación decidimos llevar al poder a seres con ideas decrépitas. AMLO, Trump, Duterte, Bolsonaro, Orban y Johnson esencialmente representan lo mismo. Todos fueron salidas fáciles a nuestros problemas difíciles. ¿Salirse de la Unión Europea por abusivos? ¿Construir un tren de diésel en áreas naturales protegidas? ¿Construir un muro para detener la migración? Todas ideas sin pies ni cabeza. Pareciera ser que es el last stand del viejo orden que toma decisiones sin evidencia y sin consultar.

Las recientes protestas masivas no sólo evidencian la incapacidad de nuestros gobiernos de resolver nuestros problemas, demuestran que los modelos democráticos emanados del “fin de la historia” han sido rebasados. Por fortuna, la democracia no es un sistema estático; al contrario, su dinamismo ha permitido que se adapte a culturas y contextos.

En este sentido, nuestra tarea como generación joven es redefinir los modelos democráticos. La toma de decisiones con AMLO, Trump, Duterte y compañía es centralizada, vertical, sin evidencia, anticuada y poco transparente. La toma de decisiones para resolver nuestros problemas debe de ser descentralizada, horizontal, basada en evidencia, innovadora y transparente.

Como canta Bob Dylan, los tiempos están cambiando. Efectivamente, los tiempos están cambiando. Dependerá de nosotros que el cambio sea hacia algo mejor, no continuar con esta espiral de decadencia y violencia. Asume tu responsabilidad.

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