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Columnas De política y cosas peores

Plaza de almas

Yo sigo enclaustrado, sobrino. Encierro es preferible a entierro; confinamiento es mejor que finamiento. Estoy guardado para estar resguardado. 

Por . Catón

Yo sigo enclaustrado, sobrino. Encierro es preferible a entierro; confinamiento es mejor que finamiento. Estoy guardado para estar resguardado. ¿Qué hago, me preguntas? No me falta. Desde que me levanto muy de mañana hasta que me acuesto muy de noche tengo qué hacer, lo cual no es lo mismo que tener quehacer. Entre otras cosas -menester de viejos- me ha dado por escribir cosas que recuerdo. Así me aseguro de que no las tomará el olvido. Permíteme el modesto lujo, Armando, quizá algo cursi en estos tiempos, de citar un latinajo: Verba volant, scripta manent. Las palabras vuelan, lo escrito permanece. Esto que te contaré no es cuento. Me reconozco incapaz de imaginar la historia. No soy sino cronista accidental de los sucesos, y me limito a describirlos tal como me los dijeron, sin moralizar sobre ellos ni emitir juicios de valor. Para esto carezco de valía; para lo otro carezco de moral. Sucede que hace tiempo fui invitado a perorar en una población norteña  cuyo nombre no diré para no ofender a nadie. A mi peroración siguió una cena, y a la cena un baile. Yo iba sin mi esposa, única mujer del mundo que puede seguir mis enrevesadas evoluciones dancísticas. Así, me puse a contemplar el panorama. Filosofía a falta de coreografía. Bien pronto algo llamó mi atención. Había un señor de cierta edad, pero aún de muy buena presencia, a quien acompañaban una mujer, un muchacho y una chica y tres o cuatro niños. Aquel hombre bailaba una pieza con esa dama; luego la dejaba en la mesa e iba a otra donde se hallaba una segunda señora, ésta con hijos pequeños. El señor sacaba a bailar a esa señora, e igualmente bailaba con ella una pieza. Enseguida iba a otra tercera mesa y hacía lo mismo con la mujer que en ella estaba. Pensé -ya dije que soy pobre de imaginación- que la primera señora era la esposa del afanoso bailarín, y que las otras dos serían hermanas o primas suyas que no tenían bailador, y por lo tanto él las sacaba para que no se quedaran planchando, como se dice de las que no bailan. Me equivocaba al pensar un pensamiento tan piadoso. Resulta que las tres mujeres eran sus mujeres. He aquí la historia que me narró, con profusión de detalles que omitiré, la esposa de mi anfitrión. Sucede que aquel hombre tenía su esposa. Comerciante, salía a los pueblos vecinos, y en dos de ellos entró en amores con sendas mujeres. Con todas tres -la documentada y las indocumentadas- tuvo hijos. Medró el señor, y puso en la ciudad comercio establecido. El trabajo lo reclamaba ahí, pero debía salir a ver a sus otras dos familias. La esposa sospechó lo que sucedía -¿qué esposa no sospecha lo que sucede?-, y pensó que aquellas ausencias continuadas irían en perjuicio del negocio, cosa que para ella era lo primero, pues de eso dependían su bienestar y el de sus hijos. Habló con su marido, pues, y éste admitió la existencia de las otras dos familias. La señora, con gran sentido práctico,  lo autorizó a traerlas a la ciudad a fin de que los viajes no lo apartaran del trabajo. Así, en buena armonía, el hombre formó su pequeño y plácido harén. Se conocieron las tres mujeres, hicieron buena química entre sí, como se dice, y entre ellas reinó la paz y la concordia, pues para las tres familias daba el negocio, y ninguna de las tres señoras quería perder el amparo del providente señor, que a todas las atendía bien en todo. En todo, bendito sea Dios. Y ahora, Armando, voy a decirte algo que me avergüenza y me hace enrojecer. Sentí una gran envidia de aquel hombre.  Lo envidié, sí, te lo confieso. Y es que él bailaba muy bien, y yo bailo muy mal. FIN.

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