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Columnas Sueños de plata

Nadie sabe que estoy aquí/Dir. Gaspar Antillo

En 1982 se celebró en México el primer festival infantil de la canción, Juguemos a Cantar.

Por Manuel Ríos Sarabia

En 1982 se celebró en México el primer festival infantil de la canción, Juguemos a Cantar. Lorenzo Antonio, tocando el violín a ritmo de country/bluegrass, se llevó el primer lugar del concurso con Vamos a Jugar, de su autoría. El éxito del festival desató la euforia por actos musicales infantiles en América Latina.

   En Chile, el Clan Infantil, un segmento dentro del programa Sábado Gigante, con Don Francisco, consolidó su propio festival de la canción en 1983.   

   Para su ópera prima (estrenada el 24 de junio en Netflix), el director chileno Gaspar Antillo se imagina qué es lo que pudo haber sido de uno de tantos ídolos infantiles de los ochenta con el pasar de los años.

Un flashback nos presenta al pequeño Memo Garrido, cantando en un estudio de grabación, evidentemente a principios de los ochenta. Memo tiene una voz de oro pero su físico resulta demasiado regordete para el gusto de su productor musical, quien sugiere a su codicioso padre un negocio irresistible. Utilizar la voz de su hijo para comercializarla detrás de la imagen de otro niño más atractivo.

   Treinta años después, Memo (Jorge García) vive recluido curtiendo pieles, con su tío Braulio (Luis Gnecco), en una pequeña isla del lago Llanquihue al sur de Chile. Alejado del mundo y manteniendo una lacónica comunicación con su tío, Memo pasa sus días entre el taller y sus subrepticias visitas a casas ajenas, de donde obtiene telas con las que elabora una llamativa manta multicolor en su máquina de coser.

    A solas en medio del bosque, ataviado de su despampanante bata, Memo escucha música en su viejo walkman, mientras extiende sus brazos al universo, y durante algunos instantes secretos vive en una fabulosa fantasía musical.

   La realidad de Memo es gris y monótona, su pasatiempo es seguir de lejos la carrera de Angelo (Gastón Pauls), aquel niño que usurpó su voz décadas atrás y ahora es una celebridad que promociona su autobiografía. Hay algo lastimoso que sobrecoge a Memo, su inmenso cuerpo es como una coraza que lo protege del peligro que existe en el exterior y que a la vez le sirve para guardar sus secretos más íntimos.

    La cinta de Antillo cuenta con la misma sensibilidad del cine de sus dos compatriotas más reconocidos, Sebastián Lelio y Pablo Larraín (Jackie, Neruda). El personaje de Memo contiene, en su esencia, una gran similitud a las marginadas, solitarias y melancólicas mujeres de Lelio (Gloria, Una Mujer Fantástica, Desobediencia). No es tampoco casualidad que sea Larraín el productor, ya que es evidente que esta temática es de su constante interés (productor de varias cintas de Lelio), y su influencia es tanto palpable como inevitable. Aunado a la presencia de su constante colaborador, Sergio Armstrong en la dirección de fotografía se crea un hilo conductor que une los temas y la calidad visual de los tres directores chilenos.

    Si la fotografía de Armstrong nos refiere a Larraín, son los toques surreales los que nos recuerdan a Lelio, y es justo esta mezcla de ambos elementos la que genera la sensación de duda con respecto a algunas de las secuencias y su veracidad dentro de la narrativa. ¿En realidad sucede todo lo que vemos o algunos sucesos solo son producto de la imaginación de Memo?

Aunque visto desde afuera, lo que aparentemente destruyó la vida de Memo es la existencia de Angelo como el usurpador de su talento, la realidad es distinta. El enorme resentimiento que pesa sobre sus hombros, y que lo ha aplastado durante décadas, en realidad está dirigido hacia su padre, quien lo avasalló desde la infancia bajo su yugo controlador y ambicioso, destruyendo su autoestima y amor propio, a cambio de dinero.

     El daño que le ocasionó Angelo resulta meramente incidental, realmente tanto él como Memo fueron víctimas infantiles de la codicia de hombres ruines. Codicia que arruinó las vidas de todos los involucrados.

    Esta primera cinta de Antillo, la cual le valió el premio a mejor director narrativo en el reciente festival de cine de Tribeca 2020, demuestra un impresionante talento. Es el elemento narrativo lo que sobresale particularmente en la obra, la cuidadosa y lenta revelación de las partes que integran la historia, que en un inicio parecen ser componentes de una trama muy sencilla y sin mayores complicaciones, pero que poco a poco van desvelando capas más profundas, hasta llegar al clímax y su inesperada resolución.

    “Siento que estoy soñando toda mi vida. Acá está el amor que olvidé. El brillo danzante de mi corazón. Algo anda mal. No pertenezco… Nadie sabe que estoy aquí”.

El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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