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Sumado los 30 años de carrera política-militar de Porfirio Díaz a los 30 de la familia castrense revolucionaria.

Por Antonio Medina de Anda

Sumado los 30 años de carrera política-militar de Porfirio Díaz a los 30 de la familia castrense revolucionaria, de Obregón a Manuel Ávila Camacho, el saldo da 60 años de haberse encontrado la presidencia de la república en manos de una casta militar privilegiada, dotada con el fuero suficiente para mandar, dirigir y determinar lo que a su arbitrio fuera conveniente o no para los mexicanos en plural y para las élites económicas en singular, estas últimas, integradas por la aristocracia configurada durante el Porfiriato y la nueva burguesía derivada de los vencedores en la revolución.

En términos numéricos el Poder Ejecutivo fue centralizado por la milicia hasta 1946 (sexenio de Miguel Alemán, en lo sucesivo) aunque, en dicho consentimiento, el ejército quedó satisfecho en sus reclamos, influencia y atribuciones para regirse por sí mismo motivados, pero no confesos, por una especie de autonomía no escrita pero respetada en acciones vinculadas a sucesos represivos, operativos específicos, opacidad en rendición de cuentas, y peor, blindados bajo una capa de insolente impunidad.

Inventariar la intervención del ejército en defensa de los acumuladores de la riqueza y la clase política que los tutela y patrocina; conduce a relacionar la falsa predica, la impostora bandera, el disco rayado que los “ideólogos” del régimen insisten en hacer creer que los cuarteles están configurados por soldados del pueblo; el ser defensores de la patria; combatientes por la paz y el progreso donde lealtad y valor coronan un código de ética e integridad incorruptible arbitrada, eso divulgan, por el Supremo Comandante, el Presidente de la República en turno, la Constitución y las leyes que de esta resultan.

Respaldado en lo precedente, López Obrador, con o sin facultades legales en tres años del sexenio entregó a la cúpula castrense redituables beneficios concesionándoles significativos megaproyectos (Aeropuerto, Refinería y el Tren Maya) planeados, operados y cuantificados por quienes la opacidad ha sido su tarjeta de presentación y que hoy como jamás, fusionan al dominio de las armas un poder económico de magnitud reservada o, en el menor de los casos, virtud a las graciosas adquisiciones recibidas limitarse a solamente sentir, ver y oír lo dicho y ordenado por el Máximo Comandante.

Presumiblemente la intervención del ejército en proyectos económicos de alto impacto sean pertinentes, tanto como imprescindible o necesaria resulta su injerencia en la guerra contra el crimen organizado, asuman funciones claves antes reservadas a civiles o, incluso, que personalmente el General Secretario de la Defensa Nacional en una “mañanera” confiese su apego a la 4T en sincera, o probable, reciprocidad de agradecimiento a López Obrador a causa de los suculentos frutos concedidos.

Y más: si por cualquier turbiedad del pasado subsistirá el rencor en contra de la tropa; todo pretexto es bueno para que el huésped de Palacio Nacional insista en desagraviar, reparar y satisfacer a plenitud la imagen militar alimentando la desmemoria a través de una ráfaga de alabanzas, aclamaciones y elogios a salud de lo que él llama defensores de la patria…

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