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Columnas De política y cosas peores

Humor dominical

El relato que este día voy a hacer ¿pertenece a la leyenda o a la historia? Quién lo sabe. Los límites entre una y otra son borrosos, igual que las fronteras entre la realidad y la imaginación.

Por Catón  

El relato que este día voy a hacer ¿pertenece a la leyenda o a la historia? Quién lo sabe. Los límites entre una y otra son borrosos, igual que las fronteras entre la realidad y la imaginación. Una cosa puedo decir: las leyendas tienen más vida que la historia. La Llorona, por ejemplo, goza de mayor presencia en el pueblo que doña Josefa Ortiz de Domínguez, dicho sea con el mayor respeto para ella y para el señor Domínguez. La historia se nos presenta en blanco y negro; la leyenda en glorioso tecnicolor. Otra cosa: la historia de México es bastante legendaria, en tanto que las leyendas mexicanas son sumamente históricas. La historia es cosa de los historiadores; la leyenda, en cambio, es cosa de la gente. Y vuelvo a preguntar: esto que en seguida contaré ¿es leyenda o historia? A mis cuatro lectores toda decidirlo. Yo me limitaré a narrar lo sucedido -o lo no sucedido- tal como lo oí. Resulta que el rey Cleto quiso saber quién mandaba en sus dominios, si el hombre o la mujer. Bien pudo haberse ahorrado esa pregunta: la respuesta es obvia. Más sentido común demostró Churchill. Le preguntaron su opinión acerca de la teoría según la cual la mujer dominaría al hombre en el siglo XXI. Sir Winston puso cara de asombro y respondió: "¿También en ese siglo?". El rey Cleto, sin embargo, confiaba más en las estadísticas que en lo que veía, de modo que envió a su primer ministro a preguntar quién mandaba en cada casa, la mujer o el hombre. Si mandaba la mujer el ministro dejaría en esa casa un pollo; si por el contrario era el hombre quien mandaba, dejaría un caballo. Ya lo habrán adivinado ustedes: más de mil casas había visitado el ministro y ni un solo caballo había entregado. En todas había dejado un pollo, pues en todas era la mujer la que mandaba. Los mismos señores lo confesaban sin tapujos, porque en aquel reino las mentiras se castigaban con severidad, no como en otros, donde el monarca es el primero que las dice. En fin. Desesperaba ya el ministro de encontrar una casa donde mandara el hombre cuando llegó a la última y llamó a la puerta. Salió una pequeña mujer bajita de estatura, menuda de cuerpo y de apariencia insignificante. El primer ministro le dijo: "Vengo de parte del rey a preguntar quién manda en esta casa: la mujer o el hombre". Respondió la mujeruca, tímida: "Solamente mi esposo puede contestarle. Voy a decirle que está usted aquí". Vino un hombrón alto, robusto, de aspecto amenazante. Con voz de trueno le preguntó al ministro: "¿Qué quiere?". Replicó el funcionario, algo asustado: "Vengo de parte del rey a preguntar quién manda en esta casa: el hombre o la mujer". "Me ofende usted -se encrespó el individuo-. Claro que el que manda soy yo". "¡Vaya!" -se alegró el ministro-. ¡Por fin veo una casa donde manda el hombre! En premio recibirá usted un caballo. Dígame: ¿lo quiere blanco o negro?". "Deme el negro" -demandó el sujeto. El ministro se lo entregó y echó calle abajo, feliz por poder informar al soberano que en su reino había por lo menos un hombre que mandaba en su casa. Apenas había andado algunos pasos cuando el sujeto lo alcanzó corriendo. Muy apurado le informó al ministro: "A mi esposa no le gustó el caballo negro. Quiere el blanco". Le dijo el enviado real: "Tenga su pollo". Más allá de historias o leyendas expreso mi total apoyo a los movimientos de reivindicación de los derechos de la mujer y a sus protestas por la violencia de género y por los feminicidios. Deseo el mayor éxito a la marcha de hoy y al paro de mañana, y declaro que cuidaré cada día mi conducta a fin de no incurrir en ninguna acción machista, a pesar de los atavismos que cargo todavía. FIN.

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