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El viaje por escrito

Viajar no es una tarea fácil aunque hoy nos los parezca y sea parte de la industria turística de nuestros días.

Por Gabriel Trujillo

Viajar no es una tarea fácil aunque hoy nos los parezca y sea parte de la industria turística de nuestros días. El viaje, en los tiempos antiguos, implicaba una aventura de proporciones magnas, una labor en pro del conocimiento y la rapiña a partes iguales. Se viajaba para establecer rutas comerciales, tratar con pueblos donde existían productos necesarios para la civilización de aquellas épocas: metales, especies, esclavos, alimentos. A partir del siglo XV, Europa se puso a la vanguardia al extender la mirada por el planeta entero y se lanzó a descubrir sus regiones más lejanas, a conquistar lo que hasta entonces era sólo un mundo imaginado, casi de fantasía pura.

De estos viajes y exploraciones se trajeron nuevas plantas, animales, seres humanos, culturas, creencias y objetos nunca antes vistos. Pero buena parte de los primeros exploradores no eran hombres de letras sino gente práctica: marineros correosos, soldados prestos para el botín inmediato, mercaderes que sabían tasar todo cuanto encontraron a su paso pero poca habilidad tuvieron para contar las maravillas y terrores que sufrieron en sus vastas expediciones por África, Asia y las Indias Nuevas, nuestra América de hoy. Hubo, desde luego, las cartas que mandaban a sus protectores y empleadores: reyes, reinas, emperadores, gremios comerciales, empresas marítimas. Ahí están los escritos de Cristóbal Colón o Hernán Cortés para atestiguarlo.

Sin embargo, la literatura de viajeros que saben describir las tierras que cruzan, los pueblos que conocen, las ciudades que recorren, las costumbres extrañas con que se topan,  mostrándonos  así el asombro o el asco que les causaban tales hábitos ajenos a su horizonte de vida, debe ser rastreada al Millón de Marco Polo y su viaje por la ruta de la seda, desde la península italiana hasta el distante imperio de China en el siglo XIII. El Millón es el primer libro que se hizo una obra exitosa, un verdadero best seller antes de la era de la imprenta mecánica, y puso al propio Marco Polo como una celebridad para su tiempo: era la historia de una travesía de ida y vuelta contada para solaz de aquellos que no se atreverían a realizarla por su cuenta y riesgo.

Para el siglo XIX, el viajero que quiere ver de primera mano lugares exóticos se convierte ya no en un explorador sino en un turista. Pero todavía queda espacio en la prensa para el escritor que relata sus viajes por el mundo y lo hace con una prosa accesible, con una claridad narrativa que se le agradece, con una voz individual que capta los contrastes de regiones pocas veces descritas, las peculiaridades de poblaciones y paisajes por donde anda en busca de lo humano que nos pertenece a todos. Uno de estos viajeros fue el novelista británico Robert Louis Stevenson, cuyos textos de estas características han sido publicados como Viajar. Ensayos sobre viajes (2016). Obra portentosa que expone sus travesías por lugares tan dispares como Escocia, los Alpes y sus pueblos de montaña, el océano Atlántico, el bosque de Fontainebleau y los Estados Unidos, desde sus ciudades de costa este, pasando por sus llanuras interminables y terminando en California.

Estamos ante un narrador que sabe contarnos no el viaje mismo sino las variadas emociones, sensaciones y pensamientos que éste trae consigo. ya sea viajar a pie, en carruajes, en barcos o en tren, Stevenson comparte con nosotros no sólo los percances y experiencias de semejante periplo sino la gente que en ellos conociera y tratara, los tipos humanos que le dieran luz y gracia, tono y color a esa comunidad de turistas, migrantes, exploradores, hombres de negocios y artistas que fueron sus compañeros de viaje en la segunda mitad del siglo XIX y que tan bien describe en esta obra.

Para nuestro autor, experto viajero en cualquier circunstancia, “disfrutar al máximo cualquier lugar que visitamos es asunto difícil, que depende en gran medida de nuestra capacidad, pues lo que se contempla de principio a fin y con paciencia acaba por mostrar su lado hermoso.” Y termina diciendo que “en cualquier parte a la que un hombre vaya puede encontrar algo que le complazca y lo llene de calma. Dejemos que el viajero lo busque con el estado de ánimo adecuado: seguro que lo encontrará.” Y Viajar es un ejemplo de este afán universal por salir de viaje para encontrarnos a nosotros mismos, para vivir lo nuevo como un regalo inesperado, para experimentar lo extraño como una bienaventuranza.

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