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El final de Bonilla

Terminó el mini gobierno de Bonilla, siendo quizás uno de los episodios más tormentosos de BC.

Por Benedicto Ruíz Vargas

Terminó el mini gobierno de Bonilla, siendo quizás uno de los episodios más tormentosos de BC. Una oportunidad histórica desperdiciada por un partido nuevo que, bajo la influencia del movimiento obradorista, logró derrotar a un viejo partido como el PAN que se había aferrado al gobierno durante treinta largos años.

Morena ganó todo, la gubernatura, el congreso y todas las alcaldías. Lo hizo con una amplia mayoría, enterrando prácticamente a los otros partidos. Es decir, tenía todas las condiciones para inaugurar y emprender un gran proceso de cambio, para poder demostrar que este nuevo partido sí representaba una nueva forma de hacer las cosas.

Pero, contrario a todo esto, el gobernador Jaime Bonilla asumió otra ruta. Antes de tomar posesión de su cargo dio un paso en falso al tratar de torcer la Ley para añadir tres años más a su gubernatura. Mal asesorado y, al parecer, con el aval de AMLO, se enfrascó en un violento pleito nacional durante largos meses, hasta que llegó la decisión de la Corte que calificó su intención como un proceso “fraudulento”.

Después de ahí su gobierno se internó en una tempestad al ver a todos como sus enemigos, salvo los que habían votado por Morena. En esa larga lista de adversarios estaban los grupos empresariales como la Coparmex, el PAN, los exgobernadores panistas, especialmente su antecesor Francisco Vega de Lamadrid, pero también estaban algunos medios y periodistas.

Frente a estos grupos, Bonilla adoptó un estilo agresivo y de condena a través de sus medios de comunicación. Pero también la enderezó hacia sus propias filas, con los funcionarios de gobierno, con los alcaldes y miembros de Morena, incluso contra funcionarios federales.

Ahí está el episodio bochornoso de sus descalificaciones y adjetivos hacia la alcaldesa de Tecate Zulema Adams, y hacia el alcalde de Tijuana Arturo Gonzáles, cuyo encono llegó a extremos inconcebibles entre ambos funcionarios. Morena fue siempre un testigo mudo de este comportamiento.

En cuanto a las grandes expectativas que había en la sociedad bajacaliforniana sobre el nuevo gobierno de Morena y de Bonilla, las cuentas son absolutamente negativas. Dos puntos como ejemplo: en cuanto el combate a la corrupción y en cuanto a la esperada (y ansiada) coordinación entre el gobierno federal, estatal y municipal para enfrentar al crimen organizado.

En ninguna de las dos hay resultados. Bonilla no pudo meter a la cárcel al exgobernador Vega de Lamadrid, como lo había prometido, y hasta ahora la famosa coordinación entre los gobiernos no existe, siendo que este aspecto contribuyó a hinchar de votos a Morena en la elección de 2019.

Y no existe, porque el de López Obrador es un gobierno centralista, que sigue teniendo una política única para todo el país, marginando a los estados y a los municipios, principalmente en el problema de la violencia y en otras políticas públicas. Los morenistas todavía no logran entender todo esto.

En el tema de la corrupción y la transparencia, los gobiernos de Morena han resultado ser los más opacos, con denuncias de corrupción que no se investigan y en las que aparecen altos funcionarios involucrados. Sigue habiendo tráfico de influencias, amiguismo y encubrimiento, ineficiencias e ineptitud en muchas áreas (el caso de la pandemia), policías que extorsionan, abandono y caída de los servicios públicos, etcétera.

En términos políticos y de gobernabilidad, Bonilla y su grupo revivieron las peores prácticas del priismo antiguo: autoritarismo, sometimiento del congreso y el poder judicial, de los alcaldes, control sobre los medios e intimidación hacia los opositores. Nunca antes la vida política se había empobrecido tanto como con Morena y Bonilla.

Pero no sólo esto, Bonilla al quedar marginado de la definición de la próxima gobernadora por las grillas de las cúpulas partidistas, ha enderezado una especie de boicot contra Marina del Pilar, haciendo movimientos que insinúan que, no obstante que saldrá del gobierno, seguirá teniendo un cierto poder político.

En suma, Bonilla gobernó como un autócrata, como si el estado fuera de su propiedad, mostrando el rostro autoritario y priista de Morena, interpretando el cambio como un estado en el que todos se someten al poder del gobernador que, según él, gobierna en nombre del pueblo.

Lo triste de todo es que en este tiempo la sociedad bajacaliforniana, en su gran mayoría, ha permanecido callada, pasiva, temerosa y en actitud de complicidad. ¿Será que el pueblo tiene el gobierno que se merece? Morena no gobierna para el pueblo.

*El autor es analista político

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