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El Western: lecciones a tiro limpio

En las matinés de los sábados, a mediados del siglo XX, el cine de género dominaba en las salas de todo el mundo: el terror, la ciencia ficción, el western y el de romanos.

Por Gabriel Trujillo

En las matinés de los sábados, a mediados del siglo XX, el cine de género dominaba en las salas de todo el mundo: el terror, la ciencia ficción, el western y el de romanos.

Tal vez por eso logramos considerar a los colonizadores del viejo oeste como hermanos de los extraterrestres, a los vaqueros como compañeros de los monstruos y a los bárbaros como amigos de los indios.

Toro Sentado y Atila seguramente disfrutarían hablando de imperios arrogantes, de usurpadores de tierras, de culturas que desprecian lo que no conocen.

Al contrario de nuestra época, en el western todo está lejos, a días de distancia. Aquí, entre el deseo y su consumación hace falta paciencia, El viaje es una odisea. Las noticias llegan siempre demasiado tarde.

La vida vale por sí sola: no requiere adornos. No necesita palmadas en la espalda. La belleza no se inventa: basta con abrir los ojos para verla. La muerte golpea a diario, deja huella en todo momento. El mundo es tan amplio como la fortaleza de tu caballo, como la resistencia de tus piernas.

El western es el relato de migrantes que sólo están unidos por el deseo de huir de su pasado, por el anhelo de cambiar de identidad. En el western hacer justicia por propia mano es un acto cotidiano. Y cuando toda una comunidad busca venganza, el linchamiento se vuelve un acto meritorio, una justicia aceptable.

No importa si los linchados son inocentes: de todas formas sirven para que el furor del pueblo tenga un objetivo común, una causa que los una. Estas películas nos recuerdan que el pasado es un lugar peligroso, una tierra sin ley ni orden. En el western tradicional, vocero del conservadurismo a ultranza, de la glorificación acrítica del pasado, el indio no es gente de razón: es naturaleza indómita.

Está más cerca del bisonte que de los seres humanos. Se le extermina por deporte. Se le elimina sin pensar. Para que no haga daño. Para que no obstaculice la marcha del progreso, el desfile de la nación triunfante. Tal es el discurso de estas cintas. Su propaganda habitual. Su ceguera pública.

Para el western, el paisaje es personaje principal, actor protagónico. El trueno en la lejanía, el desierto impasible, las cumbres nevadas. Naturaleza que nos contempla desde su letal indiferencia, desde su mortal sigilo. El western es el antecedente de la novela criminal. Sólo que en el western el crimen es de toda una civilización, de toda una manera de explotar el mundo, de matar a mansalva en nombre de la ley. No requiere callejones oscuros: le basta la luna llena, la llanura enorme, la vereda montañosa. Espacios abiertos para concluir un negocio a quemarropa. Allí, el vaquero que porta sombrero, usa espuelas, masca tabaco es un símbolo del western clásico: no un ciudadano ejemplar sino un superviviente de su medio de vida, un ser que se adapta a las condiciones más hostiles sin quejarse. Es el peón del progreso, su heraldo puesto en riesgo todos los días.

El western evoluciona del discurso oficial al estupor, al silencio. Su épica comunitaria se concentra en una mirada, en un juicio de valor. Del relato grandilocuente pasa a la visión mística. Del orgullo pionero se salta a la colérica sordidez. Los personajes opuestos acaban amalgamados en el antihéroe a la Clint Eastwood: el ángel vengador, la mano de Dios, el ojo impasible que todo lo ve. Un hombre cuya fe está depositada en su pistola, en una carga de dinamita, en su don para matar a quien se le ponga enfrente.

Como la torre de Babel, los pueblos del viejo oeste son una mezcla explosiva, un espacio de tensiones, un campo de batalla donde se libra el combate entre lo real y lo imaginario, las verdades y los prejuicios, los nativos y los recién llegados. El western es un canto al migrante de todos los orígenes: a la víctima de las opresiones del Viejo Mundo que se vuelve el verdugo de los nativos del Nuevo Mundo. El migrante aquí es el verdadero transformador de la sociedad de su tiempo, el soldado raso del progreso, el agente del cambio en un mundo que se resiste a cambiar.

El western es una denuncia con siglo y medio de atraso, un repaso de la historia para quitarle su pátina de leyenda y dejarla en los puros huesos de la masacre que ocurrió, del genocidio que hubo.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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