Columnas MIRADOR

Mirador

A mi esposa y a mí nos gustan los rompecabezas. Inofensivo entretenimiento es ése, de antigua tradición. Con él se ejercitan virtudes como la paciencia y la constancia. A nosotros nos hacen recordar al querido tío Refugio, jubilado ya, que solía armar rompecabezas para entretener las horas. Después de desayunar le decía a su esposa, la tía Conchita, levantándose de la mesa para ir al rompecabezas: -Me voy. Tengo mucha chamba. Ahora estamos haciendo con nuestros nietos uno muy bonito. En él aparece una niñita en en el gallinero de una granja. Tiene en la mano el huevo que acaba de poner una gallina, y lo mira, intrigada, mientras en torno de ella andan los pollitos. A mí me intriga, como a la niñita, el misterio de la vida. Igual que ella no entiendo ese prodigio. Por eso lo miro con devoción, y lo venero lo mismo en una brizna de hierba que en la mayor criatura de la tierra o el mar. También por eso me gustan los rompecabezas. En ellos aprendo a veces cosas que no enseñan las teosofías. ¡Hasta mañana!...

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