Tijuana: bien rentado o bien podrido
Hace unos días tuve que comenzar a desocupar una de las bodegas que utilizo para mi negocio.

Hace unos días tuve que comenzar a desocupar una de las bodegas que utilizo para mi negocio. Después de varios años de estar muy a gusto en ese espacio, una decisión del propietario me obligó a buscar una nueva ubicación. Lo que parecía un trámite inmobiliario terminó convirtiéndose en una reflexión sobre nuestra ciudad.
Publiqué en redes sociales que buscaba una bodega de entre 400 y 600 metros cuadrados. La respuesta fue sorprendente. En cuestión de días comenzaron a llegarme propuestas de diferentes zonas de Tijuana. Decenas de bodegas disponibles, algunas aparentemente con bastante tiempo desocupadas.
Lo que más me sorprendió no fue la cantidad de espacios, sino sus precios.
Las rentas estaban muy por encima de lo que venía pagando. Y entonces surgió una pregunta inevitable: si hay tantas bodegas disponibles, ¿por qué siguen siendo tan caras?
En cualquier mercado, cuando aumenta la oferta y disminuye la demanda, los precios tienden a ajustarse. Pero en Tijuana parece que algunos propietarios prefieren mantener sus inmuebles vacíos antes que reconocer que las condiciones económicas han cambiado.
Es una versión inmobiliaria de aquella vieja expresión de los comerciantes: “Bien vendido o bien podrido”.
El problema es que una bodega vacía no produce empleos, no genera actividad económica y tampoco contribuye a dinamizar la ciudad.
Esta experiencia me llevó a pensar en otros mercados inmobiliarios.
Durante años nos acostumbramos a que las rentas de casas, departamentos, locales comerciales y oficinas se cotizaran en dólares, como si los ingresos de todos los tijuanenses estuvieran vinculados a la economía estadounidense.
Hoy comenzamos a observar propiedades que reducen sus precios o convierten sus rentas a pesos. No necesariamente por generosidad de sus propietarios, sino porque el mercado empieza a mostrar señales de resistencia.
Algo semejante ocurre con los condominios y desarrollos inmobiliarios cuyos precios parecen diseñados para compradores de otro país, no para las familias que trabajan y generan sus ingresos en esta ciudad.
Me comentaban recientemente sobre márgenes de comercialización extraordinariamente elevados en algunos desarrollos, entre comisiones, intermediarios y utilidades. No sé qué tan generalizada sea esa práctica, pero vale preguntarnos cuánto del precio que termina pagando el comprador corresponde realmente al valor del inmueble y cuánto a expectativas de ganancias que el mercado ya no puede sostener.
Tijuana tiene una historia particular. Durante décadas, el crecimiento de la industria maquiladora convirtió la construcción y renta de naves industriales en un negocio extraordinario. Muchas familias construyeron su patrimonio alrededor de los ingresos inmobiliarios.
Nada tiene de malo invertir en propiedades y obtener una rentabilidad razonable. El problema comienza cuando aspiramos a convertirnos en una ciudad de rentistas, donde unos cuantos quieren vivir de cobrar rentas cada vez más altas y quienes producen, comercian, emprenden o generan empleos deben trabajar para sostenerlas.
Porque hay algo que olvidamos: las rentas excesivas no las termina pagando el empresario, las termina pagando el consumidor.
El comerciante incorpora el costo de su local al precio de sus productos. El restaurantero hace lo mismo con sus alimentos. Los prestadores de servicios trasladan sus gastos de operación a sus clientes. Y así vamos construyendo una ciudad artificialmente cara, donde los precios no necesariamente reflejan mayor calidad, productividad o mejores salarios.
Durante mucho tiempo justificamos esta situación por nuestra cercanía con California, por los consumidores estadounidenses, por los mexicoamericanos que viven o compran aquí y por actividades como el turismo médico. Pero esos mercados también cambian y no podemos seguir suponiendo que siempre habrá alguien dispuesto a pagar cualquier precio.
No se trata de pedir controles gubernamentales sobre las rentas ni de cuestionar el legítimo derecho a obtener utilidades. Se trata de entender que una economía necesita equilibrio.
Una bodega ocupada puede significar una empresa funcionando, trabajadores contratados, proveedores vendiendo y consumidores comprando. Una bodega vacía, esperando indefinidamente una renta que nadie está dispuesto a pagar, representa una oportunidad desperdiciada.
Quizá llegó el momento de que los propietarios revisen sus expectativas, los desarrolladores reconsideren sus modelos de negocio y todos entendamos que la prosperidad de una ciudad no se mide por lo caras que son sus propiedades, sino por la actividad económica que es capaz de generar.
Porque una ciudad donde todos quieren cobrar rentas y cada vez menos pueden pagarlas no es necesariamente una ciudad rica. Es una ciudad que está encareciendo su propio futuro.
- *- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.
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