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El día de muertos

Para no ser aguafiestas del próximo lunes, de una vez escribo sobre el Día de Muertos contemporáneo.

Ricardo  Menéndez

Para no ser aguafiestas del próximo lunes, de una vez escribo sobre el Día de Muertos contemporáneo. En este siglo se puso de moda disfrazarse de catrina y a partir de las escenas iniciales de 007:Spectre (2015), mientras James Bond huye por las azoteas del centro de la CDMX, inventaron un desfile alegórico masivo hollywoodense, que replican hasta la fecha y se populariza por las ciudades del país. La idea fue de su director de arte Neal Callow, pero fascinó al público chilango. De un siglo para otro pasó la borrachera de los panteones a las calles, de la celebración familiar a la colectiva. El pretexto era recordar a los muertitos de la familia, se rezaba mucho. Ahora se encarna la muerte mediante el disfraz y se hace espectáculo mediante los alebrijes. Se distingue de Halloween en que no hay alegoría del horror, se trata de justamente lo contrario, representar a la muerte festivamente, algo muy mexicano. Los extranjeros se asombran doblemente cuando las imágenes del desfile le dan la vuelta al mundo, ver semejante fiesta en un país que tiene fama de muertos, como en una guerra. No se celebra a la muerte como tal, se niega jocosamente, ¿cuál es el colmo de un mexicano?, morirse el Día de Muertos, que aniversarios tan complejos. Es algo realmente ancestral, sabemos muy bien que la actitud ante la muerte del México prehispánico era muy singular, el catolicismo lo transformó, pero nunca ha perdido ese surrealismo de nuestro mestizaje cultural. No es un funeral colectivo, es justamente lo opuesto, es reírse y divertirse en un antifuneral, donde la muerte es el tema, pero no está sucediendo, todos jugamos a la muerte sin que nadie se muera, en ello estriba el goce. Su carácter de festividad colectiva urbana y callejera funciona también como mecanismo de defensa frente a la exposición cotidiana de muerte violenta. Los desfiles no se acompañan de manifestaciones contra las acciones del crimen organizado, se oculta lo real por un día y hombres y mujeres se disfrazan con alusión a la catrina de Posadas. Es asombroso ver en el transcurso de una vida semejante transformación de una antigua tradición, en Tijuana solamente había Halloween y en el sur se solía poner altar de muertos o acudir al panteón con ofrendas tradicionales, ahora es beber, llevar flores, limpiar la tumba y si hay recursos, unos músicos, aunque pocos van ya al panteón, mejor ir al desfile. Ahora hasta las escuelas hacen sus altares, como un festival, ya no en las casas con reverencia. Halloween y el Día de Muertos han acabado por encontrarse en las calles, la influencia gringa en nuestra vida cotidiana es algo de lo que casi no nos percatamos.

  • *- El autor es siquiatra y ejerce en Tijuana.

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