Negociazo
Tengo una idea de negocio, es barata, escalable, no requiere inventarios y el cliente hace casi todo el trabajo: dividamos a la gente.

Tengo una idea de negocio, es barata, escalable, no requiere inventarios y el cliente hace casi todo el trabajo: dividamos a la gente.
El mercado es enorme. Millones de ciudadanos frustrados, enojados, asustados o simplemente aburridos esperando que alguien les explique quién tiene la culpa de sus problemas. Mi producto será sencillo: hay que tener un enemigo.
Primero voy a partir el mercado en dos, izquierda y derecha funciona muy bien. Si quiero tropicalizarlo para México puedo usar liberales y conservadores. Progresistas y reaccionarios también jalan a todo dar. El nombre es lo de menos. Lo importante es que cada cliente tenga claro quiénes son “los buenos” y, sobre todo, quiénes son “los hijos de la chingada”.
Después viene el marketing. A los míos les voy a repetir todos los días que los otros quieren destruir el país. No necesito demostrarlo, solo necesito repetirlo todos los días. Unos dirán que vienen los comunistas, los otros que regresarán los fascistas, unos salvarán a la patria del neoliberalismo y los otros del socialismo. Magnífico producto: el miedo no caduca. Además, tiene una ventaja maravillosa: mientras mis clientes se pelean entre ellos, dejan de revisarme a mí. Ahí está el negocio.
Freedom House acaba de documentar veinte años consecutivos de retroceso de la libertad en el mundo. En 2025 empeoraron los derechos políticos y libertades civiles en 54 países y mejoraron solamente en 35. V-Dem contabilizó al cierre del mismo año 92 autocracias contra 87 democracias y estima que 74% de la humanidad vive bajo alguna forma de autocracia. Parece que el negocio está creciendo.
Lo curioso es que hace bastante tiempo una institución particularmente incómoda viene advirtiendo sobre estas trampas: la Iglesia católica. No porque desde siempre haya hablado de izquierda y derecha —esas etiquetas apenas nacieron durante la Revolución Francesa—, sino porque desde hace varios siglos vienen denunciando las ideologías que pretenden meter a la persona dentro de una cajita.
León XIII cuestionó en 1891 el socialismo que pretendía borrar la propiedad privada. Juan Pablo II advirtió cien años después, en Centesimus Annus, algo todavía más crudo: cuando dejamos de reconocer una verdad objetiva, las ideas terminan fácilmente convertidas en instrumentos del poder.¡Chin! Parece que descubrieron mi plan de negocios.
A ver qué opinan de esta pregunta: ¿qué pasaría si dejáramos de buscar la verdad en la izquierda o en la derecha? Y no hablo de inventar otra ideología llamada “centro”, porque sería fabricar una tercera camiseta para seguir jugando el mismo partido. Hablo de algo bastante más complicado: aceptar que existe una verdad que no depende de quién gobierne, de qué partido tenga mayoría ni de cuántos likes consiga una ocurrencia.
¿Qué pasaría si se empieza a juzgar al poder desde la dignidad humana, la libertad, la propiedad, la responsabilidad, el bien común y los límites del Estado? Y después, si quieren, averiguamos si eso era de izquierda o de derecha. Aunque reconozco que eso arruinaría mi negocio porque para ganar elecciones me conviene mucho más que el ciudadano odie a su vecino.
Mientras izquierda y derecha, conservadores y liberales sigan mentándose la madre, alguien seguirá convirtiendo nuestro pleito en votos… y los votos, una vez contados, se convierten en poder. Negociazo.
- El autor es director de Testa Marketing, investigación de mercados.
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