Basada en la película Sentimental (2020) de Cesc Gay (adaptada de su propia obra de teatro), que ha inspirado cinco remakes internacionales, La Invitación, de Olivia Wilde, toma el texto y premisa de Gay como punto de partida para explorar un poco más a fondo, y con un poco más de comicidad, las relaciones de dos parejas que colisionan una noche durante una cena improvisada.
Un brevísimo prólogo nos presenta a un par de jóvenes enamorados, compartiendo sus pasiones e iniciando una vida. Corte a: veinte años después.
Joe (Seth Rogen) es un hombre insatisfecho y artísticamente frustrado, su esposa, Angela (Wilde) ha reprimido su creatividad a cuenta de su matrimonio. Sus vecinos de arriba forman parte de sus conversaciones diarias debido al escandaloso sexo que tienen todas las noches sobre su departamento. Y Angela los ha invitado a cenar. Joe, sorprendido, amenaza con confrontarlos respecto al insoportable ruido. Esto incita una discusión que va en crescendo a ritmo de un cello en stacatto. El desacuerdo revela que, al ras de la superficie, se ha colado el desprecio a la relación.
Tocan la puerta. Hawk (Edward Norton) y Piña (Penélope Cruz) han llegado. Su naturaleza sexy y desinhibida parece ser todo lo opuesto a Joe y Angela, inseguros, torpes, reprimidos.
La comicidad incisiva, caracteriza la obra de Gay, pero la acidez sobrecoge su conclusión. Para la versión de Wilde, el guion adaptado por Rashida Jones y Will McCormack desarrolla a los personajes con variedad de matices. Adicionalmente, Wilde logra transformar una obra de teatro a cuatro manos en algo verdaderamente cinematográfico, iniciando por la decisión de filmar en celuloide con un excelente trabajo de fotografía por Adam Newport-Berra (The Studio), y un diseño de producción que efectivamente confina a los cuatro personajes dentro de un departamento que marca las divisiones y acercamientos emocionales entre ellos, conforme avanza la noche y las revelaciones caen rápidamente.
A diferencia de la película de Gay, cuya estética asemeja a un sitcom, Wilde utiliza referencias visuales que aluden al tipo de cine que está recreando. Los guiños van de Bergman, en tanto al conflicto matrimonial, a Polanski, a traves de una siniestra ventana que revelará un secreto íntimo. Resulta inevitable pensar en la adaptación de Polanski de otra obra con dos parejas dentro de un apartamento, Carnage (2011), sólo qué en lugar de discutir sobre un conflicto infantil, el tópico en turno es el sexo.
Pero la esencia, y el genio, de La Invitación no sólo radica en el guion y la dirección, si no en el trabajo actoral, que mantiene un ritmo y una sincronización cómica impecable. Si la mayoría de las carcajadas se las llevan las líneas interpretadas por Rogen, Wilde exprime las reacciones a través de miradas y ademanes. Y mientras Norton camina una delgada línea entre ser simpático y cretino, Cruz es la voz de la razón del grupo, que los empuja hacia la auto revelación. Estos contrastes sacan a flote la tensión contenida, desvelando una verdad que apenas se oculta bajo una fina capa de cordialidad. La situación pasa de ser dolorosamente insoportable a inexplicablemente entrañable de un momento a otro.
La magia se logra en el momento que el espectador se reconoce en los personajes. La risa nace al verse reflejado en la pantalla como seres neuróticos, absurdos, e insatisfechos, en busca de algo más, siendo participes de relaciones disfuncionales, que, a veces… funcionan.
Con uno de los mejores ejercicios de dirección en un espacio limitado, Olivia Wilde nos brinda una brillante comedia de errores y desamor, una película para adultos, en el mejor sentido, que recuerda al cine de los sesenta y setenta, demostrando que no se requieren presupuestos exorbitantes, sólo cuidado, buenos actores y amor por el medio.
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