Qué feo país estamos construyendo
Hay días en que uno termina de leer las noticias, apaga el teléfono y se queda con una sensación difícil de describir.

Hay días en que uno termina de leer las noticias, apaga el teléfono y se queda con una sensación difícil de describir. No es solamente enojo. Tampoco es resignación. Es una profunda tristeza.
Tristeza por el país que estamos construyendo.
Escribo estas líneas como ciudadano, como empresario y como integrante de una gran familia que, como millones de mexicanos, quiere un mejor futuro. Me preocupa que cada vez resulte más difícil responder una pregunta muy sencilla: ¿en quién podemos confiar?
No creo que México haya sido un país perfecto ni que antes todos los problemas estuvieran resueltos. Sería ingenuo afirmarlo. Pero sí percibíamos que existía un rumbo, un conjunto de instituciones y reglas que, con todas sus limitaciones, nos permitían pensar que era posible avanzar. Hoy esa certeza parece desdibujarse. Da la impresión de que todo está revuelto. Hemos perdido la capacidad de ponernos de acuerdo, incluso, en el país que queremos construir.
acontecimientos de las últimas semanas han profundizado esa sensación. Las filtraciones de audios, las explicaciones contradictorias, las acusaciones cruzadas, las investigaciones que para unos avanzan con rapidez y para otros parecen eternas, y el espectáculo permanente de la confrontación política, independientemente de cuál termine siendo la verdad jurídica en cada caso, han erosionado la confianza pública. Y recuperar esa confianza será mucho más difícil que resolver cualquiera de esos casos por separado. Ese es el verdadero problema.
Cuando los gobiernos pierden credibilidad, cuando las instituciones dejan de generar certidumbre y cuando la política parece concentrarse más en administrar crisis que en resolverlas, la sociedad comienza a vivir bajo la sospecha permanente. Todo se cuestiona. Toda explicación parece insuficiente. Y así resulta imposible construir un proyecto compartido.
A ello se suma una justicia que muchos ciudadanos perciben como desigual. Casos recientes, tanto en Baja California como en el
ámbito nacional, alimentan la impresión de que existen velocidades distintas para aplicar la ley según quién sea el involucrado. Tal vez esa percepción sea debatible, pero existe; y cuando millones de personas dejan de creer que las reglas son iguales para todos, el daño institucional es enorme.
Mientras tanto, seguimos observando funcionarios que buscan el siguiente cargo antes de terminar el actual; gobiernos más ocupados en controlar la conversación pública que en resolver los problemas cotidianos; y una discusión política que parece concentrarse en ganar la siguiente elección, no en construir el siguiente país.
Y los problemas reales siguen ahí.
Las ciudades continúan deteriorándose. La infraestructura envejece. La movilidad empeora. La inseguridad preocupa. Los jóvenes encuentran cada vez más obstáculos para imaginar un futuro prometedor. Las familias trabajan más para obtener menos tranquilidad.
No es solamente un problema de economía o de seguridad. Es un problema de rumbo.
Porque un país puede superar crisis económicas, conflictos políticos e incluso errores de gobierno. Lo que resulta mucho más difícil de recuperar es la confianza colectiva.
La confianza es el cemento invisible que mantiene unida a una sociedad. Sin ella no funcionan los gobiernos, no florecen las inversiones, no prosperan las comunidades y tampoco se fortalece la convivencia entre ciudadanos.
Quizá por eso me preocupa menos el escándalo de hoy que la normalización de todo lo que estamos viviendo. Me preocupa que terminemos aceptando la mediocridad como destino, el engaño como estrategia política y la confrontación como única forma de gobernar.
México merece mucho más que eso. Necesitamos volver a discutir el país que queremos construir. Uno donde la honestidad sea un requisito y no un discurso; donde la ley se aplique sin distingos; donde el desarrollo urbano, la educación, la seguridad y la competitividad ocupen el centro de la conversación pública; donde los jóvenes encuentren oportunidades y donde recuperemos la convicción de que el futuro puede ser mejor que el presente.
No quiero acostumbrarme a pensar que esto es normal. Quiero creer que todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo. Que todavía existen ciudadanos dispuestos a exigir mejores gobiernos y servidores públicos capaces de entender que el poder no consiste solamente en ganar una elección, sino en construir confianza.
Porque, al final, el país que heredaremos a las siguientes generaciones dependerá mucho menos de los discursos que pronunciemos y mucho más del rumbo que decidamos recuperar desde hoy.
- *- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad.
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