Cuando el Mundial te juega en contra
Recuerdo cuando viajé a Río de Janeiro para cubrir el Mundial de futbol en 2014.

Recuerdo cuando viajé a Río de Janeiro para cubrir el Mundial de futbol en 2014. Estaba ilusionado por conocer Brasil. En ese momento, se presentaba ante el mundo como el “milagro latinoamericano” del que tanto se hablaba en la prensa internacional. El ejemplo de cómo el gigante de la región había saltado a la modernidad, a convertirse en una nación cosmopolita bajo el mando del carismático izquierdista Lula Da Silva y la mujer a la que él había impulsado para sucederlo, Dilma Rousseff, la primera mujer presidenta en Brasil, que no era carismática, pero se presentaba como la eficiente administradora del éxito de su icónico antecesor.
Era un fiasco. Me llevé una sorpresa desagradable y por lo que conversé con cientos de periodistas y visitantes durante esas semanas, ellos también se la llevaron:
Días antes del Mundial las marchas contra el gobierno ocuparon los titulares. Los maestros aprovecharon la coyuntura para pedir dinero. Hubo huelgas de trabajadores del Metro y de los autobuses. Y la población en general, marcadamente estudiantes, salieron a la calle a protestar por la deuda en la que había incurrido el país para financiar la Copa. Me sorprendió en un país casi genéticamente futbolero un descontento tan generalizado.
Pero lo peor fue la infraestructura. Los estadios se retrasaron tanto que con las prisas murieron albañiles, despertando una gran indignación pública. Varios se inauguraron con pintura fresca, inacabados. También los aeropuertos. Hubo uno que empezó a operar horas antes del primer partido en esa sede. Llovió y las vías de acceso se inundaron. Aparecieron en la terminal bichos de dimensiones amazónicas. Para la espera no había restaurantes ni tiendas. A veces era bajo toldos de plástico improvisados. En varias terminales el abordaje se hacía caminando sobre las pistas y siguiendo las instrucciones de un trabajador que te preguntaba a dónde ibas y a partir de esa información te decía a qué avión subirte. Como central camionera, pero sin margen de error: una distracción y podías terminar a tres mil kilómetros de tu destino. Las vialidades también colapsaron. Moverse de un punto a otro de Río de Janeiro podía demorar tres horas.
Lula y Dilma se habían presentado al mundo como los izquierdistas transformadores. Los modernizadores con justicia social. Era un cuento. Un invento. Ese castillo de humo se desvaneció en ese verano del 2014. Después de ese Mundial, a Brasil se le vio como un país dividido y con grandes problemas. Dilma pasó de ser una líder internacional respetada, a aparecer como desconectada de su propia población. Dentro, su popularidad también se vio afectada.
Los paralelismos con México 2026 los puede establecer con facilidad quien lea esta columna.
Ser anfitrión de una Copa del Mundo puede volverse un arma de doble filo. Para la marca-país y para sus gobernantes. Hoy México tiene fama de ser un destino turístico envidiable. La Ciudad de México está de moda en el mundo. Y encima, la presidenta Sheinbaum goza de una buena imagen internacional por ser la primera mujer presidenta de un país icónicamente machista y por hacerse la fama de haber sabido domar a Trump (las actualizaciones tardan en permear en la opinión pública internacional, debo apuntar). Todo eso está en juego. Tantos reflectores encima pueden terminar por penetrar las cortinas de humo y la inagotable saliva mañanera que sostiene el proyecto político.
A ver cuál es el saldo de Sheinbaum en el Mundial. Por lo pronto, para la inauguración tuvo miedo. No va a ir al estadio. No quiso exponerse. A Dilma la abuchearon tanto en la inauguración como en la final. Se ve que tomó nota.
- *- El autor es periodista y conductor de radio, televisión y medios digitales.
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