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Horas México

México tiene una economía invisible que no aparece en los informes de Hacienda ni en los discursos de campaña.

Ariosto Manrique Moreno

México tiene una economía invisible que no aparece en los informes de Hacienda ni en los discursos de campaña. Una economía construida por millones de horas que nadie factura. Horas de padres atendiendo la cafetería escolar, empresarios coordinando organismos ciudadanos, vecinos limpiando parques, voluntarios reuniendo medicinas y ciudadanos resolviendo problemas que, técnicamente, ni siquiera les correspondían. Coparmex lo ha dicho desde hace años: este país también se sostiene con “Horas México”.

Mientras el gobierno administra presupuestos, hay ciudadanos administrando el desgaste emocional, tiempo familiar y muchos fines de semana para evitar que las cosas se derrumben. Y lo más absurdo es que muchas veces quienes más sostienen a este país son los menos reconocidos. El ciudadano que participa rara vez recibe aplausos; normalmente recibe críticas y comentarios de quienes jamás aparecen cuando hay que cargar mesas, organizar juntas o vender boletos para rifas en beneficio de la misma comunidad.

Tengo que decirlo porque estoy cansado de verlo por todos lados. México se llenó de otra industria: la manufactura masiva del “deberían”. “Deberían arreglar eso”, “deberían exigir”, “deberían organizarse”. El “deberían” es el verbo favorito del mexicano espectador. Ese ciudadano que cree que participar consiste en redactar indignación desde una silla en una reunión, reenviar memes políticos o publicar diagnósticos catastróficos en redes sociales.

Lo más delicado es que muchos de esos críticos viven literalmente de las horas que otros sí regalan. Hay ciudades que funcionan gracias a patronatos, escuelas que crecen y se fortalecen por asociaciones de padres, eventos comunitarios levantados por voluntarios, organismos empresariales sostenidos por personas que entregan tiempo sin recibir un peso. México está lleno de gente que trabaja gratis para resolver problemas que después otros utilizan únicamente como tema de conversación.

Y los datos lo dejan claro: de acuerdo con INEGI 2025, el trabajo voluntario organizado en México generó un valor económico superior a los 153 mil millones de pesos. Además, distintos estudios estiman que cerca de 18.5 millones de mexicanos participan frecuentemente en actividades voluntarias o comunitarias. Mientras una parte del país grita que todo está mal, otra parte está literalmente evitando que colapse.

El problema es más profundo todavía: hemos romantizado demasiado al ciudadano que critica y muy poco al ciudadano que construye, admiramos más al que detecta errores que al que dedica horas a corregirlos. En México hay personas que conocen perfectamente todos los problemas de su colonia… y jamás han asistido a una sola reunión para organizar a los vecinos.

Sí, participar cuesta: cuesta tiempo, paciencia, dinero, energía y vida familiar. Participar implica salir de la comodidad para ensuciarse las manos. Por eso muchos prefieren convertirse en comentaristas del Whatsapp.

A mi me queda una ligera esperanza; y es el saber que las sociedades fuertes nunca se construyeron con espectadores brillantes, se construyeron con ciudadanos incómodos, personas que dejaron de preguntar quién debía hacerlo y simplemente empezaron.

Quizá el verdadero indicador de desarrollo de un país no sea solamente su PIB, ni su inversión extranjera, ni sus megaproyectos. Tal vez la verdadera medición está en cuántos ciudadanos todavía están dispuestos a regalarle horas México a su comunidad sin esperar sueldo, likes o reconocimiento.

*.- El autor es director de Testa Marketing, investigación de mercados.

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