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¿Con qué te vas quedando?

De repente, decimos los ancianos, cumplí los 76 años y siento que fue sumamente rápido.

José Roberto  Vázquez

De repente, decimos los ancianos, cumplí los 76 años y siento que fue sumamente rápido. No logro asimilar que paulatinamente estoy perdiendo habilidades, que mis piernas no me dejan avanzar con la rapidez habitual, que cualquier altura me preocupa, especialmente si tengo que bajarla caminando, y que mi vista, con mucha frecuencia, me impide reconocer las figuras más comunes con las que he convivido toda mi vida. Los achaques se están convirtiendo en asuntos cotidianos, y que, con ellos, acumulo las cargas o deudas que mi falta de consistencia, en el respeto obligado por el ejercicio constante y frecuente, me cobra facturas no pagadas. Aunque gozo de una salud envidiable por muchos ancianos, no soy el sujeto ideal o deseable por el tiempo que he vivido. Otras personas a mi alrededor, y de mi edad, no tienen enfermedades crónicas y su desempeño diario es formidable.

En un recuento rápido de mi existencia, les diré que fui un fumador obstinado, que disfrutaba cada bocanada de humo que exhalaba, pero que no consumió el alcohol que se suponía. Tuve la compensación positiva de que, en esos años, la mayoría de los jóvenes pasábamos el tiempo libre fuera de la casa, practicando algún deporte o caminando por las calles de nuestra ciudad, que en esos años no presentaban problemas de inseguridad, más allá de los riesgos de accidentes menores. Los conflictos personales graves los resolvíamos en peleas a golpes, uno contra otro, y el asunto no pasaba a más. Tu contrincante te dejaba de hablar, y tú hacías lo mismo. Te quedaban rencores que ibas guardando en el saco de las malas experiencias de tu vida. Ahora, te dejan tendido en el suelo sin que puedas levantarte más. Te aniquilan.

Fue a finales de la década de 1990 cuando las cosas comenzaron a cambiar. Tijuana se convirtió en un campo de batalla con enfrentamientos y atentados armados, en pleno centro de la ciudad o en sitios muy concurridos. Murieron muchas personas y los agentes de las diversas corporaciones policíacas, comenzaron a utilizar las armas para defenderse. Los grupos del crimen organizado se fortalecieron, con la facilidad que tuvieron para adquirir armamento de cualquier calibre, y la paz y las buenas costumbres desaparecieron. Se incrementaron las operaciones de trasiego de estupefacientes hacia los Estados Unidos. Los grupos criminales expandieron sus operaciones y la pelea por las rutas más codiciadas por el narcotráfico, se elevó exponencialmente. Esto detonó el aumento de las ejecuciones y los enfrentamientos, que nos tienen abrumados y acobardados. Es notoria nuestra incapacidad para enfrentar la violencia y la delincuencia, y, además, arrastramos un gobierno incompetente, corrupto y asociado con la delincuencia organizada.

A pesar de que somos la inmensa mayoría de la población los que tratamos de conducirnos de la manera correcta, muchos ciudadanos se suman a la delincuencia aprovechándose de la enorme impunidad existente. Sabiendo que si roban o asaltan tienen más del 90 % de probabilidades de que no les pase nada, entonces delinquen. Lo mismo les sucede a los funcionarios de elección popular y a los nominados, que se aprovechan de sus puestos para delinquir. Por consiguiente, nos va quedando una sociedad dispuesta hacia la corrupción, que poco a poco está perdiendo los referentes positivos que solían ser los cimientos de las sociedades democráticas y respetuosas de las leyes. Ahora quienes son los modelos por seguir por la niñez y la juventud, son quienes han hecho fortunas ilegales, robando los recursos financieros de los tres niveles de gobierno, los miembros del crimen organizado y los agentes policíacos corruptos que utilizan las placas para extorsionar, robar y facilitarles los atracos a los delincuentes, mientras ellos reciben beneficios económicos de esa protección. ¿Es este nuestro legado para el futuro? Vale.

*El autor es licenciado en Economía con Maestría en Asuntos Internacionales por la UABC.

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