Confiad, recurrid (II)
Las ciudades suelen presumir lo mismo: puentes, edificios, inversiones millonarias, estadios, centros comerciales o cifras de crecimiento económico.

Las ciudades suelen presumir lo mismo: puentes, edificios, inversiones millonarias, estadios, centros comerciales o cifras de crecimiento económico. Son fotografías bonitas para informes de gobierno y discursos de ocasión. Pero las ciudades verdaderamente fuertes casi nunca fueron construidas por el concreto… fueron construidas por instituciones.
Y las instituciones son una cosa rara: son imperfectas, se equivocan, tienen crisis, cambian directores, atraviesan épocas mejores y peores. Las instituciones también se cansan, envejecen y reciben golpes. Pero cuando sobreviven décadas pasan de ser simples organizaciones y se convierten en patrimonio social.
Hace unos días el Instituto México de Tijuana celebró 60 años. Sesenta años parecen una cifra sencilla hasta que uno intenta ponerla en perspectiva. Significa seis décadas viendo pasar generaciones completas. Significa niños que llegaron con uniforme y mochila y después regresaron convertidos en médicos, empresarios, maestros, ingenieros, artistas, deportistas, líderes sociales, funcionarios, padres y abuelos.
Hoy vivimos una época curiosa donde pareciera que lo nuevo automáticamente tiene más valor que lo permanente. Pero hay cosas que simplemente no funcionan así.
Una amistad necesita años, una familia necesita años, la confianza necesita años y una institución educativa necesita generaciones enteras para demostrar lo que realmente vale.
El Instituto México ayudó a moldear una parte enorme de Baja California. Ahí se han formado miles de personas que hoy generan empleos, construyen empresas, atienden hospitales, dirigen organizaciones, enseñan en aulas y sostienen familias. Su influencia no terminó en la graduación; sigue apareciendo todos los días en decisiones que afectan a nuestra comunidad.
Hoy existe una peligrosa costumbre de medir el valor de las cosas únicamente por lo que generan económicamente. Todo parece reducirse a números: cuánto produce, cuánto vende, cuánto deja, cuánto cuesta. Pero nadie puede calcular con exactitud cuánto vale un maestro que cambió el rumbo de una vida. Nadie puede medir cuánto vale un amigo que conociste a los diez años y sigue acompañándote cuarenta años después. Nadie puede calcular cuánto vale formar generaciones que aprendan disciplina, servicio o sentido de comunidad.
Nos hemos acostumbrado a pensar que alguien más las cuidará. El gobierno. Los directivos. Los maestros. Los consejos. Los exalumnos. “Alguien”. Pero los tesoros sociales desaparecen justamente así: cuando todos pensamos que otro se hará cargo.
No lo sé, pero ahí está la verdadera prueba de una institución. No es el edificio, ni los uniformes, ni los reconocimientos en la pared. La verdadera prueba es que, después de décadas, la gente siga regresando.
Que un hombre de 60 años vuelva a caminar un pasillo y vuelva a sentirse alumno, que alguien encuentre a sus mejores amigos en una reunión de exalumnos, que generaciones enteras sigan sintiendo que ese lugar todavía les pertenece un poco.
Los maristas lo han cantado durante generaciones: “Confiad, recurrid…” Y quizá muchos la aprendieron siendo niños sin imaginar que la entenderían años después.
Porque sesenta años más tarde, miles de exalumnos siguen haciendo exactamente eso: confiando y recurriendo a su Instituto México. No para pedir tareas o presentar exámenes, sino para volver a una parte de ellos mismos.
*- El autor es Director de Testa Marketing, investigación de mercados.
Sigue nuestro canal de WhatsApp
Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí
Grupo Healy © Copyright Impresora y Editorial S.A. de C.V. Todos los derechos reservados