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Aflojarse el cinturón para intentar adelgazar

Cada vez que Tijuana inaugura un puente, un nodo vial o un nuevo desfogue, sentimos un alivio parecido al de quien se afloja el cinturón después de una comida abundante.

Pepe  Avelar

Cada vez que Tijuana inaugura un puente, un nodo vial o un nuevo desfogue, sentimos un alivio parecido al de quien se afloja el cinturón después de una comida abundante. Se respira mejor, hay más espacio y por unos días parece que el problema quedó resuelto. Pero el alivio es temporal. El cuerpo sigue siendo el mismo y, tarde o temprano, la presión regresa.

Así ocurre con el tráfico en nuestra ciudad.

No se puede negar que las nuevas vialidades ayudan. Reducen tiempos, distribuyen mejor los flujos y corrigen algunos cuellos de botella. Sería injusto minimizar su importancia. Sin embargo, al poco tiempo vuelven a saturarse. Y no porque las obras estén mal hechas, sino porque el problema de fondo no está únicamente en el concreto, sino también en la forma en que hemos decidido vivir y movernos.

Tijuana se acostumbró al automóvil como la respuesta casi automática para todo. Hoy, en la mayoría de los vehículos viaja una sola persona. Miles de conductores recorren todos los días la ciudad ocupando un espacio que podría compartirse con compañeros de trabajo, vecinos o familiares. El carpool, tan común en otras ciudades, sigue siendo entre nosotros una excepción.

A ello se suma la rutina escolar. Ante la falta de transporte escolar eficiente y seguro, miles de madres y padres realizan varios trayectos al día para llevar y recoger a sus hijos. Un solo hogar puede generar cuatro o seis recorridos adicionales. Multiplicado por cientos de miles de familias, el impacto sobre las vialidades es enorme.

Tijuana tiene, además, una condición que pocas ciudades del país comparten: su dinámica cotidiana está profundamente marcada por la frontera. Miles de ciudadanos mexicanos, mexicoamericanos y también estadounidenses han elegido vivir de este lado por razones familiares, laborales o por el costo de la vivienda, mientras mantienen sus actividades al norte de la línea internacional. Ese flujo añade una presión permanente a nuestras calles y bulevares. Muchos de esos vehículos circulan con placas extranjeras y, aunque sus propietarios aportan a la economía local de diversas maneras, no necesariamente participan en la misma proporción en los mecanismos asociados al registro vehicular y otros derechos vinculados al automóvil.

También está la ausencia de pequeñas soluciones que rara vez aparecen en las ceremonias de inauguración, pero que hacen una enorme diferencia: semáforos sincronizados, vueltas continuas bien diseñadas, pavimento en buen estado, señalización clara y mantenimiento oportuno. Un bache, un tope mal ubicado o un semáforo descoordinado pueden provocar filas de cientos de metros.

Y, por supuesto, existe un problema más profundo: la ciudad sigue creciendo hacia zonas cada vez más alejadas, obligando a miles de personas a recorrer grandes distancias para trabajar, estudiar o acceder a servicios básicos. Los planes urbanos existen y los diagnósticos también. Lo que ha faltado es continuidad para aplicarlos y constancia para asumir que la movilidad no depende solo de las autoridades.

El tráfico de Tijuana no es únicamente consecuencia de que haya demasiados carros. Es el resultado de hábitos individuales, decisiones familiares, deficiencias operativas y un modelo urbano que durante años ha privilegiado la expansión sobre el orden.

Por eso, ninguna obra será suficiente por sí sola. Los puentes ayudan, pero no sustituyen la necesidad de compartir más el automóvil, mejorar el transporte público, optimizar la operación vial y adoptar hábitos que reduzcan recorridos innecesarios.

Porque, al final, seguir construyendo vialidades sin cambiar la forma en que nos movemos es como aflojarse el cinturón para engañarse creyendo que uno está adelgazando. La presión disminuye por un momento, pero el problema de fondo sigue exactamente en el mismo lugar.

*- El autor es un opinólogo tijuanense enamorado de su ciudad

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