La colección de medallas
Tal vez esto incomode, pero lo veo y lo escucho de gente con mucha más experiencia que yo: muchos padres están más preocupados por tranquilizar su conciencia que por preparar a sus hijos para la vida real.

Tal vez esto incomode, pero lo veo y lo escucho de gente con mucha más experiencia que yo: muchos padres están más preocupados por tranquilizar su conciencia que por preparar a sus hijos para la vida real. ¡Chin!.
Se habla mucho de felicidad, de sueños y de “que hagan lo que les gusta”, pero muy poco de carácter, valentía o responsabilidad. El resultado lo vemos: jóvenes emocionalmente frágiles y con baja tolerancia a la frustración.
Durante décadas creímos que elegir bien una carrera resolvía el futuro… creo que hoy esa idea es ingenua. El conocimiento técnico se vuelve obsoleto a una velocidad brutal, los empleos cambian y lo que antes era seguro, hoy desaparece. Apostar todo a un título universitario es como anclar a un hijo a un puerto que ya no existe. Tranquiliza a los padres, sí, pero no protege a los hijos.
A esto se suma otra ilusión frecuente: la del éxito deportivo como atajo. Nadie discute que el deporte es valioso: forma disciplina, esfuerzo, constancia y hábitos sanos. Todo eso es necesario. El problema aparece cuando el deporte se usa como excusa para bajar la exigencia académica, cultural, espiritual y humana… o peor, cuando representa el sueño frustrado de alguno de los padres.
¿No será que estamos normalizando pobreza en la educación? Jóvenes que pasan horas frente a una pantalla, pero no saben sostener una conversación, que opinan en redes, pero no saben argumentar sin gritar o descalificar y que escriben mensajes, pero no saben ordenar ideas.
La tecnología y la inteligencia artificial ya hacen mejor que muchos humanos las tareas repetitivas, técnicas y mecánicas. Memorizar dejó de ser una ventaja. El mundo que viene ya no premia al cómodo ni al obediente, sino al que piensa, al que sabe comunicar y al que asume las consecuencias de las decisiones que debe tomar.
Quien no sabe expresarse cara a cara, quien no entiende el valor de saber comunicarse, quien no construye relaciones humanas reales, será fácilmente reemplazable sin importar cuántos diplomas cuelgue en la pared. El éxito no se mide en el tamaño de la colección de medallas, se mide en la calidad de amigos con la que se cuenta.
Más que obsesionarnos con carreras “rentables” o sueños prestados, tal vez deberíamos obsesionarnos conformar personas capaces de aprender siempre, de expresarse con claridad, de comprender la realidad, de trabajar con otros y de sostener principios cuando nadie los aplaude o los graba en TikTok.
Cada vez escucho más a los viejos decir que el mundo que viene no será amable con los inmaduros ni paciente con los frágiles. ¿Será?
Lo que sí estoy seguro es que, al final, cuando se apaguen las luces de los estadios, los escenarios, las medallas y los diplomas, queda una verdad que ninguna época ha logrado desmentir: de nada sirve ganarse el mundo, si a cambio se pierde el cielo.
*- El autor es Director de Testa Marketing, investigación de mercados.
Sigue nuestro canal de WhatsApp
Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí
Grupo Healy © Copyright Impresora y Editorial S.A. de C.V. Todos los derechos reservados