No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas Desde la Polis

Tratar de no ser iguales

Pero como dije al principio, es difícil no repetir lo que hizo el anterior. Si lo vemos en gobiernos locales (estados y municipios), el navegar con inercia es sumamente seductor.

Por Jesús M. Acuña Méndez

            Los últimos 19 años nos han mostrado -con toda claridad- que una vez que se llega al poder, resulta difícil no terminar haciendo lo mismo que los antecesores. Como en todo, hay raras excepciones… pero hasta ahí. Desde el comienzo de la “era democrática” (2000), los retos han sido cíclicos y se han enfrentado más o menos de la misma manera… y ahí están los resultados: Seguimos sin dar el gran salto hacia el desarrollo integral, el que nos permita avanzar de manera sostenible, con dignidad y con respeto a nuestros ecosistemas. Sin duda, la actual administración federal representa un parteaguas en cuanto a la existencia de ciertas instituciones ya que impera la visión de destruirlas para construir nuevamente (que no significa crear algo nuevo y diferente). Habrá que ver hacia dónde conduce esa intención.

            Pero como dije al principio, es difícil no repetir lo que hizo el anterior. Si lo vemos en gobiernos locales (estados y municipios), el navegar con inercia es sumamente seductor. Por eso no es sorpresa que muchas de las calles de Hermosillo se asemejen a la superficie lunar… desde hace tres administraciones. Lo mismo sucede con los fenómenos de la delincuencia, la corrupción, etc. Y es que a final de cuentas, hay que recordar que independientemente de que cambien los liderazgos, la misma gente que opera las diversas áreas de Gobierno sigue ahí, con independencia de las transiciones políticas. Y mucha de esa gente ya se acostumbró a un sistema, a una costumbre, a una cultura.

            Por su legitimidad a ras de suelo, todo lo que decía Peña era producto de memes, de burlas y descalificaciones. No obstante, hubo algo en lo que creo que tuvo mucha razón: Efectivamente tenemos un problema -a nivel cultural- por el eterno flirteo con la ilegalidad. Siempre es muy fácil voltear a ver a nuestros gobernantes (mayoritariamente chafillas) y culparlos, llamarles ineptos, ladrones y -de manera esquizofrénica- al mismo tiempo pedirles resultados. No es que esos adjetivos no se los hayan ganado a pulso, pero no llegaron ahí por coincidencia ni por suerte. Son producto de un sistema que refleja inequívocamente a nuestra propia sociedad, a nuestra idiosincracia, a nuestros valores, a nuestra manera de operar. Más de uno se querrá rasgar las vestiduras al leer esto, pero si no es de manera hipócrita, con un poco de serenidad se podría entender que es imposible que tengamos un Gobierno que no sea consecuencia de quiénes somos como pueblo.

            Por su inteligencia y malicia política, durante la campaña, el actual Presidente invirtió la realidad al llamarle a nuestro pueblo bueno y sabio. Políticamente fue un jonrón, pues nos fascina una versión adornada y virtuosa de quiénes somos (por engañosa que esta sea). Y a nadie a quien le endulcen el oído va a portarse mal, pues “amor, con amor se paga”, ¿no? El problema es que tarde que temprano, nuestra realidad vendrá a tocarnos la puerta y acompañándola vendrán todos sus hijos: La larga lista de problemas que ahí siguen, con independencia de todas las promesas y pronósticos fantasiosos que se produjeron al calor de la efervescencia triunfalista.

            Hoy, esos problemas ya están en la puerta. El graznido de los gansos no bastó para no ver el estancamiento económico, la inseguridad reinante, y la constante inactividad -desde el Gobierno- para promover avenidas que creen capacidades en la gente para que un día se pueda valer por sí misma (la limosna hace lo opuesto y, al más puro ejemplo de los días de oro del populismo priista, sólo condena a la gente a seguir estirando la mano sin emanciparse integralmente de sus grilletes). De ahí la gran incógnita: Más allá de los retórica, de los chascarrillos y de la absoluta inexistencia de la oposición (no sirven y en efecto, están moral y políticamente derrotados)… ¿se tendrá la capacidad para no ser igual, para no hacer lo mismo? Esperemos que sí.

MEDINA MORA

            Para la gente que desconozca la naturaleza de la Suprema Corte: Fue una verdadera obscenidad cuando nombraron a Medina Mora ministro. Sin pudor alguno se le colocaba la cereza al pastel de la monumental corrupción y deficiencia del Poder Judicial en México. Finalmente, el ex ministro ha sido descubierto y la opinión pública (por lo menos la minoría que se entera de lo que realmente sucede) ya lo juzgó. Lamento que el actual Gobierno, con tanta legitimad política que posee, no haya tenido la clase y el oficio para bajarlo con todas las de la ley y haya tenido que recurrir a la amenaza y el chantaje (por más pillo que sea). Son las cosas que hacían los de antes, a los que echamos en la elección pasada. Ahora, si ya sabemos de las operaciones, de los dineros, de las cuentas, de las empresas y los prestanombres sería gravísimo e indefendible que no se vaya hasta las últimas consecuencias en contra de esta persona.

El autor es presidente fundador de Creamos México A.C. y especialista en políticas públicas por la Universidad de Harvard. jesus@creamosmexico.org

Comentarios