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Columnas Batarete

Toulousse

La ciudad cuenta con casi medio millón de habitantes, y es la cuarta en tamaño de Francia.

Por Ernesto Camou

El viaje desde Mauzac, a la vera del río Dordoña, hasta Toulousse tomó unas tres horas, la mayor parte por caminos rurales bien pavimentados, bastante solitarios, entre arboledas oscuras o pastizales con forrajes, ganado Charolais y algunos viñedos. En algunos tramos el camino se angostaba de tal modo que si venía otro vehículo, debíamos aminorar la marcha y sacar la mitad del carro fuera del asfalto. Bonito trayecto, sin prisas y a un ritmo agradable.

La ciudad cuenta con casi medio millón de habitantes, y es la cuarta en tamaño de Francia. Allá el desarrollo ha generado servicios y empleo en las localidades del campo, y vivir en ellas no supone un descenso descomunal de posibilidades laborales, sociales o culturales. No es un país polarizado entre el campo y la ciudad como sucede en América Latina. Es un esquema de desarrollo inteligente y que respeta la escala humana.

La ciudad es bella y con una historia fascinante; es también un punto importante de la industria aeroespacial francesa. Teníamos poco tiempo y preferimos usarlo para explorar su pasado aleccionador. En el centro se encuentra el gran edificio del Capitole, sede del Ayuntamiento y del teatro del mismo nombre, con una gran plaza rodeada de bares y restaurantes donde puede uno pasar las horas viendo deambular a la gente; ahí se podía tomar una copa de vino y disfrutar de unos quesos, panes y salchichón.

Cerca se encuentra el Convento de los Jacobinos, una bella iglesia gótica con un claustro adosado impresionante. Es obra de los frailes dominicos y lo consideré un punto de peregrinación, pues ahí se encuentra la tumba de Santo Tomás de Aquino, ese gigante de la filosofía que ayudó a instaurar el pensamiento aristotélico en Occidente, y rebasó con mucho la perspectiva idealista inspirada en Platón, que había estado vigente en los siglos anteriores.

Para mí la sorpresa mayor fue conocer la Basílica de San Sernín, un edificio románico del siglo XI, construida enteramente de ladrillo rosa, y cuyo interior es un recinto monumental, en lo personal uno de los espacios sagrados más sobrecogedores que conozco, similar en belleza y majestuosidad y, sobre todo, como ámbito de reflexión, a la iglesia de Santa María del Mar, de Barcelona, o Hagia Sophia, en Estambul, la Gran Mezquita de Córdoba, o la moderna catedral de Los Ángeles, California.

Visitamos la Basílica de Nuestra Señora de la Dourade, donde un señor de shorts y playera de rayas que estaba restaurando unos cuadros, nos oyó hablar y preguntó si éramos españoles, cuando le dijimos que mexicanos comenzó a tararear el jarabe tapatío y nos bailó durante uno o dos minutos, con mejor ritmo que el que pudiera yo lograr; luego nos mostró su trabajo y nos dirigió a la Capilla de los Carmelitas, donde pudimos admirar extraordinarias pinturas que cubren techo y paredes. Era parte de un convento que fue destruido durante la revolución francesa.

Una obra colosal es el Canal del Mediodía (du Midi), un cauce navegable que unió a Toulousse con el Mediterráneo, a 241 kilómetros, y para lograrlo se construyeron 63 esclusas, 126 puentes y seis presas en el año de 1666. Y desde ahí, se siguió, enlazando vías fluviales, hacia el Norte, el Canal del Garona, a Burdeos y al Golfo de Vizcaya, para conectar los dos mares.

El último día tomamos un tren hacia la antiquísima ciudad de Carcassone, un pueblo primero romano y luego visigodo, totalmente amurallado y rodeada con un foso, que alberga una villa medieval de callejuelas empedradas y edificios muchas veces centenarios, tiene además un castillo y una catedral mezcla de románica y gótica, muy interesante. Actualmente la ciudad está dedicada al turismo y venden, vinos, quesos, panes y chucherías de todo tipo, con buenos restaurantes. Es una visita agradable.

Esa noche nos enteramos que en Hermosillo el termómetro rondaba los 49º C; al día siguiente regresaríamos a nuestra parcela de realidad.

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