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Columnas

Tácticas políticas de la cúpula empresarial

Sonora también tiene una tradición de activismo político empresarial. Tan sólo en el presente siglo hemos tenido una retahíla de gobernadores hábiles para los negocios.

Por Mario Campa

Los empresarios flirtean permanentemente con incursiones políticas. En el mundo abundan ejemplos, típicamente decepcionantes: Donald Trump (EU), Silvio Berlusconi (Italia) o Jair Bolsonaro (Brasil) son algunos. También pululan casos de políticos convertidos en empresarios, pero ceñiremos la atención a la primera categoría.

El activismo político del empresariado se sustenta esencialmente en tres ventajas.

En primera instancia, el financiamiento de una campaña electoral es tan exigente para la mayoría de los ciudadanos que la inyección de recursos de bolsillo propio crea sesgos de selección: Parten con ventaja las billeteras abultadas, especialmente considerando que los periodos electorales insuflan los costos de tiempo aire en medios de comunicación masiva.

Como corolario, las contribuciones que los hombres y mujeres de negocios depositan en terceros (i.e., otros partidos y candidatos) tejen alianzas y posicionan intereses particulares en agendas públicas. “No hay tal cosa como un almuerzo gratis”, dice el popular adagio estadounidense.

En segundo lugar, algunos empresarios pueden ser figuras públicas con presencia mediática, incluso antes de poner un pie en la política. El caso de Donald Trump es emblemático.

Utilizando un estilo personal controversial atractivo para las grandes cadenas, el ahora Presidente fue posicionándose gradualmente hasta alcanzar una candidatura. Ese círculo virtuoso (¿vicioso?) donde un apellido recurrente atrae reflector y este fortalece a aquel podemos verlo también en México con Claudio X. González o Gustavo de Hoyos, quienes suelen repartir opiniones un día sí y el otro también.

Un tercer factor es la base social que representan los trabajadores. En el mejor de los casos, un empresario legítimamente preocupado por sus empleados genera simpatía natural. En el peor, la cooptación de las cúpulas sindicales puede construir apoyo electoral a base de dádivas y coerción.

México presume (¿lamenta?) el caso de Coca-Cola Femsa, corporativo cuyos cientos de miles de trabajadores han servido de plataforma de despegue para sus directivos y accionistas.

Vicente Fox (CEO/presidente de México), Gilberto Lozano (directivo/Frenaaa) o el José Antonio “El Diablo” Fernández (accionista/perenne suspirante presidencial) son algunos personajes que la embotelladora ha catapultado.

Sonora también tiene una tradición de activismo político empresarial. Tan sólo en el presente siglo hemos tenido una retahíla de gobernadores hábiles para los negocios: Eduardo Bours (agroindustria, telecomunicaciones y medios), Guillermo Padrés (ganadería) y Claudia Pavlovich (agricultura y bienes raíces).

Adicionalmente, Ernesto Gándara (hospedaje y agroindustria) y Ricardo Bours (agroindustria, telecomunicaciones y medios) encienden veladoras.

La semana pasada tuvimos dos eventos que ameritan reflexionar sobre las intrincadas simbiosis del poder económico estatal con el poder político.

Por un lado, circularon en redes sociales capturas de pantallas con publicidad explícita a favor de un precandidato empresario con los colores del partido (naranja) que lo impulsa.

Por otro, un medio de comunicación con conflictos de interés publicó una portada similar (¿copiada?) al New York Times contra otro potencial candidato.

Ambos movimientos tácticos escapan al periodo electoral y a la observancia del Instituto Estatal Electoral, contraviniendo las normas electorales y el espíritu democrático.

Apenas cerramos septiembre. Vendrán múltiples ejemplos que alimentarán la crítica.

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