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Columnas Desde la Polis

SOS desde el desierto y el mar

No quiero caer en la cursilería, pero este periodo de aislamiento, me ha llevado a despertar dinámicas en mí, que por mucho tiempo dormitaron, quizá desde mi infancia.

No quiero caer en la cursilería, pero este periodo de aislamiento, me ha llevado a despertar dinámicas en mí, que por mucho tiempo dormitaron, quizá desde mi infancia. Comencé a observar los pequeños detalles en la naturaleza: Identificar el sonido de las aves, a percibir el patrón de las mareas y a admirar el majestuoso escenario estelar, que noche con noche nos arropa. No cabe duda que esto es un franco recordatorio del privilegio que resulta poderse quedar en casa, una posibilidad ajena para más de la mitad de la población. 

El común denominador en esos momentos, es que estoy reflexionando. No en los pendientes de mi despacho, o las cuentas por cobrar (¡y por pagar!)… eso como quiera que sea caminará; pienso en mi lugar frente a mi familia, frente a mi comunidad… pienso en lo que está sucediéndonos, desde nuestra polis, y en el enfoque nacional. Imagino escenarios, alternativas y platico con mi voz interna, en soledad, frente al mar. Jamás en mi existencia había encontrado tanta productividad reflexiva como la que la pandemia vino a obsequiarme. Eso, inevitablemente, genera una serie de avenidas que más adelante serán aterrizadas, en la práctica.

Pues bien, era el viernes 24 de abril, cerca de las 10:00 de la noche y yo estaba sentado frente al mar. Esa noche pensé en la arena que pisé, el aire que respiré y en el cielo que me cobijó… y cómo es que todo este lugar alguna vez perteneció a una etnia que, por décadas, ha estado sumida en la vulnerabilidad. Se llaman a sí mismos Comcáac y nosotros los conocemos como los seris, que en yaqui significa los hombres de la arena.

Independientemente de que sean, antropológicamente, un grupo humano extraordinario y sumamente especial (por su origen, costumbres y lengua), estuvieron aquí antes que todos nosotros y, como tantas tribus del continente, padecieron el azote inmisericorde de los colonizadores… que los vejó, los despojó y finalmente -de entonces al presente- los confinó a las aldeas de Punta Chueca, de El Desemboque y a la Isla del Tiburón.

Tras realizar algunas llamadas (agradezco especialmente a la familia Larios Gaxiola, con fuertes lazos con la etnia), conseguí permiso con las autoridades seris para poder ingresar a Punta Chueca, exactamente hace una semana. Habían tomado la decisión, desde finales de marzo, de impedir absolutamente cualquier ingreso a la comunidad, ante la posibilidad de contagio. Esto, como podrán imaginar, vino a recrudecer las condiciones de añeja vulnerabilidad en la que ha estado sumida esa comunidad. Después de atravesar el retén a la entrada, fuertemente custodiado por la guardia tribal, nos encontramos con las escenas de siempre: Ni un solo tramo pavimentado o con adoquín, casas maltrechas, etc. Pero a diferencia de mis múltiples visitas previas, esta vez no vi gente. Vi las pangas varadas, el espacio cultural donde reciben a los turistas lucía vacío, salvo por un perrito que deambulaba por ahí. Avancé en la polvareda de los caminos, hasta la orilla del pueblo. Ahí, me impresionó la soledad de la explanada, donde hace seis meses retumbaron los aplausos y vivas por la presencia del Presidente, de la Gobernadora y de la alcaldesa. Frente a ese sol que achicharra, ahora sólo se escuchaba el sonido del viento y del mar. 

La pandemia, como en tantas áreas, ha provocado necesidades y preocupaciones muy específicas y delicadas. Los pobladores me externaron la urgencia de recibir alimento y medicamentos. Al no poder vender pescado y no poder recibir turistas… pero sobre todo, al no poder salir de ahí, tampoco podían ir por provisiones. Visité la tiendita local y faltaba todo, menos Coca-Cola, Sabritas y Bimbo. No es sorpresa que haya tantos problemas cardiovasculares y de diabetes. Mi esposa y yo documentamos lo que vimos y gracias a la sensibilidad de varios medios de comunicación, ha comenzado a difundirse esta información para asistir a los seris. Al solidarizarnos con estas personas, de alguna manera estaremos abonando a un importante esfuerzo de justicia social; un gesto simbólico de reconocimiento histórico de quiénes son y qué han padecido.

A partir del jueves 30 de abril y hasta el viernes 8 de mayo, se estará recibiendo el apoyo de los hermosillenses, también en circunstancias excepcionalmente difíciles (pandemia) en Paseo de la Herradura #2, esquina con bulevar Luis Donaldo Colosio, en Villa Satélite (informes al 6621060977). Esto no es más que un paliativo, frente a un problema mucho más serio, más profundo y más complejo. En otro texto, espero reflexionar sobre qué podemos hacer una vez que nos de tregua el virus. Los seris no vivirían como viven y no hubieran caído en las trampas donde cayeron, si hubieran tenido otras posibilidades… o si quienes tuvieron el mandato de hacerlo, los hubieran ayudado a crear capacidades y no sólo a prolongar sus males con dádivas.
 

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