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Columnas Desde la Polis

No hay oposición... por ahora

Algún viejo lobo de mar de la política alguna vez me dijo: En mis tiempos, la oposición eran ellos y siempre tuvieron el rol más sencillo -el de criticar todo lo que nosotros hacíamos- pero cuando llegaron al poder, no supieron qué hacer con él.

Algún viejo lobo de mar de la política alguna vez me dijo: En mis tiempos, la oposición eran ellos y siempre tuvieron el rol más sencillo -el de criticar todo lo que nosotros hacíamos- pero cuando llegaron al poder, no supieron qué hacer con él.

Los eventos de 1988 no respondieron a un trabajo de oposición, sino a uno de desgaste priista. Salinas -brillante y perverso- desactivó a sus adversarios. El desempeño de la oposición no se sintió sino hasta 1997, cuando el País, lleno de coraje por la crisis abrumadora provocada por el “error de diciembre” del 94, votó a una mayoría de oposición para ocupar el Congreso. Tres años después vino la famosa alternancia con Fox, que no hizo más que preparar el sistema prianista, consolidado en la transición entre Calderón y Peña Nieto. Del 2006 al 2018, el principal foco de oposición a dicha mancuerna bipartidista fue López Obrador. Gracias a las prerrogativas financieras de los partidos políticos que lo apoyaron (PT, Convergencia, PRD y Morena) el hoy Presidente tuvo la oportunidad de recorrer durante doce años -ininterrumpidos- el País. Anduvo todos los caminos y veredas, habló en todas las plazas públicas y hasta conoció más puestos de garnachas que ningún otro político en la historia de este País. Y durante doce años lo único que tuvo que señalar era lo que muchos ya sabíamos: El País estaba en manos de pillos, con más amor al dinero que a la Patria y no necesariamente con una idea depurada de cómo resolver problemas concretos. 

En esos doce años, irrumpieron en México dos elementos centrales que a la postre serían centrales en el resultado electoral del 2018: Las redes sociales y los teléfonos inteligentes. Estas dos herramientas generaron tres hondas disrupciones en la configuración del poder: Dieron conectividad instantánea a las personas, las armaron de una capacidad para documentar (y compartir) todo y generaron acceso a cualquier información, al alcance de los dedos de la mano. Así, las pifias y las corruptelas de gobiernos ineficientes, fueron afianzando la idea de que se tratase del PAN (2000-2012) o del PRI (2012-2018), eran lo mismo, eran disfuncionales y se necesitaba el cambio. Andrés Manuel no aportó realmente mucho en el ínter, no había valiosas ideas, soluciones alternativas a los problemas o genialidades programáticas. Sólo tuvo que acusarlos de corruptos e ineptos y el Prian se encargó. Por cierto, el balance del 2019 nos demostró que no es lo mismo acusar y destruir, que pensar y edificar en soluciones.

Tantas veces se repitió el mensaje de corrupción e ineptitud, que un amplio sector de la sociedad mexicana lo tatuó en su subconsciente político. No estaba equivocado el Presidente, cuando en un evento público dijo que la oposición estaba moralmente derrotada. Lo están. La gente no les cree… pero lo que es peor: No dan muestras de tener una idea de qué hacer con el País, a dónde llevarlo, que puertas abrir y cuáles cerrar. Tenemos un Congreso de la Unión muy débil, donde la gran mayoría de sus integrantes (de todos los partidos, incluido Morena) no tiene idea de qué se trata -en serio- lo que está pasando en el País y qué les toca hacer a los legisladores, en este contexto. Los liderazgos del PRI, del PAN y del PRD parecen más sacados de una película del surrealismo involuntario de Juan Orol, que provocados por el contexto histórico por el que atravesamos. 

En un escenario así, no me extraña que la rifa del avión presidencial monopolice la polémica, el debate y la conversación pública. Ese es el nivel que -adrede o no- el Presidente impone sobre sus adversarios políticos; el problema es que ellos no tienen cómo elevarlo. Las democracias más avanzadas, han encontrado su mayor riqueza en las grandes batallas (con intereses personales periféricos, pero nacionales centrales) entre los gobiernos en turno y sus opositores. Es en esa lucha, donde se contrastan las ideas de País, de un grupo y el otro… y de donde se forjan las menos nocivas consecuencias que preparan la ruta del desarrollo de un país. Aquí, nada de eso existe. Quienes votamos por Morena, vemos con beneplácito la modesta erosión de fuerzas políticas que tanto daño hicieron, pero debemos (los responsables, por lo menos) preocuparnos ante el sensible vacío con la competencia de enfrente. Es como en los mercados o en los deportes: Si nadie exige que mi equipo se aplique, cada vez será peor mi desempeño o mi oferta de bienes y servicios.

El problema es que esto no es un catarro, no se resolverá de un día para otro. Esta condición continuará en el corto y mediano plazo. Entonces, si no es de los “moralmente derrotados” ¿de dónde vendrán los contrapesos reales, la fuerza que exija que el Gobierno abandone la seducción de la mediocridad y se vea forzado a subir su nivel? Y cuando lo haga dicha fuerza… ¿seguirá siendo etiquetada como “buena y sabia”? Los resultados pronosticados para el 2020 abrirán la puerta a eventos que responderán ambas preguntas.

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