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Columnas Criterio

Mesetas y rebrotes

Julio Tudela expone cómo la evidencia que apunta hacia la transmisión aérea del virus es con mucho la más importante quedando otras formas de contagio como probabilidades menores.

Por Jesús Canale

El día 15 de agosto pasado hubo en México 5 mil 618 casos nuevos de Covid-19, un mes después hubo 4 mil 771 y al mes siguiente, antier, fueron 5 mil 514 (ayer 6 mil 750): Es, por lo menos, una meseta estadística; estamos estacionados desde hace tres meses.

Hace cinco semanas en este mismo espacio publiqué la columna “Porque estás que te vas y te vas y no te has ido” aludiendo al fenómeno de “estabilización” de los números de ocurrencia de nuevos casos diarios de la Covid-19 en México. En efecto, no se va.

Y si volteamos a Europa el asunto está peor porque, ha dado un tremendo salto hacia arriba. Por ejemplo, España tuvo ayer viernes 15 mil 186 nuevos casos y números similares desde hace un mes mientras que hace dos meses eran entre 500 y mil diarios: Típico rebrote. ¿Qué falla en los sitios del mundo en los que el virus no termina de calmarse?

Sin buscarla me encuentro una explicación muy bien fundamentada, curiosamente no en un escrito epidemiológico sino en un servicio digital de bioética y bajo la autoría de Julio Tudela, bioeticista español.

El autor expone cómo la evidencia que apunta hacia la transmisión aérea del virus es con mucho la más importante quedando otras formas de contagio, por ejemplo a través de fómites (objetos o cosas inanimadas), como probabilidades menores y subrayando que, por lo menos hasta fines de agosto no se había documentado cabalmente ni un solo caso de contagio de la Covid-19 a través de fómites (prendas de vestir, sábanas, etcétera).

Insiste el autor en que, de lo que sí hay una evidencia contundente e inobjetable, es de la transmisión aérea, es decir, a partir de la expulsión de gotitas de saliva o de secreciones respiratorias de personas infectadas ya sea al toser, estornudar o gritar y que ya hay buena base científica para afirmar que también podría ocurrir al hablar o simplemente al respirar.

La información divulgada en medios científicos, por grupos de investigadores serios, no deja ya duda alguna de que la vía aérea es la que fundamentalmente propaga la transmisión entre las personas, y ya de meses atrás se identificó que la generación de aerosoles, esas gotitas diminutas y prácticamente invisibles, que pueden permanecer suspendidas en un ambiente por periodos suficientes como para que las personas que están por allí puedan estar inhalándolos y contagiarse.

Ciertamente la sana distancia entre las personas, de 2 metros y no de solo 1.5 metros, así como el aseo frecuente y efectivo de manos y evitar tocarse la boca y los ojos siguen siendo recomendaciones válidas pero, por mucho, la medida más importante es el uso de mascarilla o cubrebocas: Pero un cubrebocas efectivo como, por ejemplo los “quirúrgicos” o los FFP2 disponibles en farmacias y otros puntos, sin confiar demasiado en los de tela común, y asegurarse de que el cubrebocas tape muy bien la nariz, por debajo cubra el mentón y que esté muy bien tensionado por los elásticos o cordones sujetadores, sin permitir fugas o escapes de aire (por donde escapa aire también por allí entra, con todo y virus).

Diversas organizaciones sanitarias globales, nacionales o locales vacilaron inicialmente en comprometer a la población al uso de esta medida, pero a estas alturas ya nadie debe desentenderse de este recurso y las autoridades mucho menos darse el lujo de olvidarse de insistir mucho más en su uso y uso correcto.

Será la medida más eficaz para doblar hacia abajo las curvas y mesetas gráficas y para evitar los rebrotes, que ya son una posibilidad cada vez más cercana.

Omitir esto es una falta bioética de graves repercusiones, y debería ser legalmente un delito para los gobernantes omisos frente a esta pandemia que mata muchas más personas que el crimen organizado, la violencia interpersonal  o las guerras.

Correo electrónico: jesus.canale@gmail.com

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