Columnas Desde la polis

Las lecciones de Medellín

Durante las décadas de los setenta y ochenta, la producción de narcóticos y su exportación a los Estados Unidos hizo que Colombia entrara en una especie de “boom” económico.

Durante las décadas de los setenta y ochenta, la producción de narcóticos (especialmente cocaína) y su exportación a los Estados Unidos hizo que Colombia entrara en una especie de “boom” económico. Mafiosos siempre hubo, pero fue hasta la irrupción del cártel de Medellín -bajo el liderazgo de Pablo Escobar- que se conoció la sofisticación en el lavado de dinero, en la compra de políticos, y en la “diversificación empresarial”.

En la primera mitad de dicha época, existió una suerte de pax mafiosa: No había violencia relevante dentro de Colombia, no había un mercado interno de adictos, se enviaban toneladas de droga a los gringos y regresaban miles de millones de dólares al país cafetalero… lo que también significaba que las autoridades (políticos y policías) recibían su generosa tajadita del pastel. A eso hay que agregar que existía mucho flujo de dinero; había derrama económica interna muy significativa. 

Una vez que a los colombianos se les complicó la ruta del Caribe, hicieron alianzas con los capos mexicanos. A partir de ahí, nuestra dinámica nacional comenzó a cambiar, pues entrar al mercado de la cocaína generó un salto cuántico en relación al ingreso, y por lo tanto, también generó mayores desequilibrios entre las narcoalianzas nacionales. 

Regresemos a Colombia. La manera en la que los narcos mostraban su riqueza y su poder era francamente obscena. No obstante, eso no generaba mayor problema para el statu quo, pues se mantenía una seudo paz social y el repartidero de dinero tenía a todos tranquilos.

El problema clave fue cuando el crimen organizado (embriagado por el poder) quiso participar en política de manera abierta y directa. Esa fue la puerta que jamás debieron intentar abrir. Los narcos, por más dinero y aparente poder que lograron amasar, pecaron en no entender un canon clave del poder: Jamás iban a ser más perversos ni más peligrosos que la propia clase política de su país. Una vez que a

Escobar le quedó claro (fue públicamente humillado por el ministro de Justicia) que esa fantasía había fracasado, se desató la furia en contra del Estado colombiano… y comenzó a fracturarse, cada vez más, la posibilidad de regresar a las antiguas condiciones de equilibrio. Después de matar al ministro de Justicia, las negociaciones con el Gobierno se tornaron cada vez más difíciles, pues aún cuando había docenas de políticos encumbrados en la nómina del cártel, los excesos del mismo complicaban su propia existencia.

Enloquecidos, los de Medellín continuaron su ruta homicida y ello generó una importante inestabilidad en Colombia. Era claro, para los políticos honestos de aquel país, que la podredumbre había llegado a tales magnitudes, que la disrupción necesaria para restablecer algún tipo de orden, sería sumamente costosa. A partir de ahí vino la guerra total entre esos narcos contra el Estado nacional (digo “esos”, pues el “cártel bueno” -Cali- se asoció con el Gobierno).

Medellín mató a un candidato presidencial, tumbó un avión para matar a un político (que a la postre fue Presidente), dinamitó el edificio del Departamento Administrativo de Seguridad y aterrorizó la capital colombiana con múltiples bombazos donde ese narcoterrorismo masacró a cientos de inocentes.

Creo, sin embargo, que el gran problema (el que cambió el curso de la historia) no fueron las múltiples ejecuciones de grupos delictivos adversarios ni las muertes de civiles como consecuencia del despliegue prepotente de poder (muertos en bares, discotecas, en discusiones callejeras, etc.).

Junto con el intento por jugar de tú a tú en la política -con los políticos- el otro gravísimo error de Medellín fue tocar a la élite. No fue hasta que los narcos comenzaron a secuestrar y a matar a miembros de la oligarquía empresarial y política, que se tomó la decisión frontal de acabar con ellos.

Tras la caída de los cárteles de Medellín y de Cali, los narcos mexicanos hicieron bien en aprender muy bien las lecciones: Su ambición y codicia no los llevó a querer ser diputados o senadores, en lugar de eso se asociaron con ellos o los compraron. No pusieron bombas en plazas públicas, simplemente consiguieron maletas más grandes para los dólares a repartir.

La locura sin estrategia que desató Calderón generó lapsos de terror (Zetas) que ya han sido controlados. Los homicidios dolosos (relacionados con el crimen organizado) en el País van al alza, pero pareciera que se busca inútilmente regresar a aquel romántico statu quo ochentero, de pax mafiosa. Esto es hoy imposible: Hay múltiples líderes, hay diversidad de narcóticos y se creó un gran mercado nacional de adictos.

Lo único que no ha sucedido en México a diferencia de Colombia, es que aquí no han comenzado a ejecutar ni a secuestrar a la élite… sólo a la raza, al pueblo bueno y sabio. Quizá cuando aquello suceda, llegue también un disruptivo que cambie el actual paradigma entre el Estado y el crimen.

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