No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas Batarete

Laguna Peje Perrito

Éramos seis: Mis dos hijas, mi esposa y yo, el guía y un asistente. Nada más habíamos remado un poco cuando vi un tronco que se deslizaba más bien rápido por la superficie.

Por Ernesto Camou

Un día después de Navidad nos citamos para salir a remar en una laguna cercana, para disfrutar del amanecer y observar su fauna, sobre todo aviar. Después del café nos trepamos a la camioneta y nos dirigimos al lago Peje Perrito, cerca ya del Pacífico. Ahí nos dieron a cada uno un kayak y nos lanzaron al agua.

Éramos seis: Mis dos hijas, mi esposa y yo, el guía y un asistente. Nada más habíamos remado un poco cuando vi un tronco que se deslizaba más bien rápido por la superficie. “Miren, dijo el guía, ahí va un cocodrilo”. A mí siempre me han fascinado los reptiles así que me dirigí hacia él, a prudente distancia habría que aclarar. Mi familia no estuvo de acuerdo con mi precaución y comenzaron a regañarme: Prácticamente me querían al otro lado del cuerpo de agua. Desistí de la observación no sin antes calcular que el animal medía dos y medio metros o quizá tres.

Surcamos todo el perímetro y pudimos ver varios tipos de garzas, algunos ibis y vimos pasar, al vuelo, una pareja de flamencos rosados. Por ahí andaban varios gavilanes, unos grises y otros rojos; nos faltó el blanco, que funge como totem protector del Luna Lodge.

De pronto el guía captó movimiento en la arboleda circundante: Se distinguían varios congos, o monos aulladores, algunos monos araña y una banda de capuchinos de cabeza blanca. El kayak nos permitía acercarnos bastante a la orilla y por un rato nos entretuvimos viendo sus saltos y competencias por la fruta. En esas estábamos cuando percibí, detrás de nosotros, otro cocodrilo que surcaba la superficie. Muy espichadito me di vuelta y remé hasta estar a unos 10 metros del animal. Parecía más grande que el primero y en un momento abrió las fauces como para tomar aire mientras nadaba. No llevaba cámara pues tuve miedo de tirarla al agua... ¡Cómo me arrepentí!

A su debido tiempo nos dirigimos a la orilla para volver a nuestro refugio selvático. Caminamos por la playa rumbo al carro y aproveché para meterme hasta las rodillas en ese Pacífico encrespado y un poco amenazante. Allá, en medio de la selva, nos esperaba un desayuno sano y ya urgente.

Pasamos once días en Costa Rica. Lo mejor sin duda fue la Península Osa y la Reserva del Corcovado, pero el país nos pareció muy interesante y también sugerente: Es una excepción en Latinoamérica, pues no sólo tiene la característica brillante de no tener ejército, es pacifista pues, sino que parece muy bien administrado. La gente es amable y risueña en todos lados. Su tasa de pobreza es de apenas el 16.5% contra más del 60% de México. Es el único país latinoamericano que tiene democracia plena, y está considerado entre los 20 mejores del mundo.

Tiene apenas 51,000 kms2, contra los casi 180,000 de Sonora: cabría tres y media veces en nuestro territorio, y aun así la cuarta parte de su superficie es área natural protegida. Al respetar sus selvas, y sus playas, logran un recurso turístico importantísimo: Hay muchos que pagan por tener la experiencia de la jungla y sus flora y fauna fascinantes. El turismo es la principal actividad del país, junto con la agricultura de banano, azúcar, cacao y café; además tienen una industria moderna de alta tecnología y desarrollo de software. Así cuidan el medio ambiente y generan empleos remunerativos para su gente, que, dicen, es la más feliz del mundo.

En México tenemos más selva, desiertos, montaña y costas que ellos; pero las aprovechamos de maneras poco inteligentes: Hemos destruido playas maravillosas colocando hoteles inmensos, feos y aniquiladores del encanto y sabor locales. Nuestras selvas son taladas para poner potreros poco aptos para las reses, y la minería esta destruyendo sitios emblemáticos como la cuenca del Río Sonora. Hay que voltear los ojos y aprender de Costa Rica.

Comentarios