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Columnas Ideas y palabras

La tregua

En estos tiempos aciagos, el realismo es un imperativo moral.

Por Denise Dresser

En estos tiempos aciagos, el realismo es un imperativo moral. Y quienes tienen el valor de desplegarlo saben que hoy Andrés Manuel López Obrador es un peligro para la salud pública. Al seguir besando y abrazando y hablando y recorriendo el País como irresponsablemente lo hace, expone una de las debilidades más grandes que tiene como Presidente. La incapacidad de empatizar, la imposibilidad de comprender, la dificultad para proveer el apoyo y el liderazgo que el País necesita. Transforma cada pregunta en un ataque a su proyecto; interpreta cada cuestionamiento como una conspiración. Cuando miremos hacia atrás, nos acordaremos de las oportunidades perdidas, las mezquindades, la falta de planeación y preparación. AMLO, ante la enormidad de la crisis que se avecina, demuestra la pequeñez de su Presidencia.

Y el gabinete que lo acompaña, también. Decisiones cruciales son vistas como un tema de relaciones públicas o una competencia de egos y protagonismos. Dilemas esenciales son mirados a través de lentes ideológicos o partidistas. Anuncios como el cese de labores no esenciales en la administración pública federal son postergados o desmentidos por rabietas personales, como la de Irma Eréndira Sandoval, molesta porque las medidas fueron filtradas y ella no las pudo anunciar. Los colaboradores de AMLO están colocando la pleitesía al Presidente por encima del porvenir de la Nación.

Están demostrando el costo de proteger y arropar al Emperador cuando el resto del mundo señala su desnudez. Están evidenciando el daño que la adulación y la sicofancia producen sobre la capacidad gubernamental para reaccionar durante una emergencia, para lidiar con cuestiones de vida o muerte.

Ahora, entre los dimes y diretes y las mañaneras y las nocturneras y Susana Distancia y Sinsusano Juicio, crece la zozobra. Crece la desinformación. Crece la percepción de que la Cuarta Transformación se ha convertido en la Cuarta Incomprensión. El Gobierno no ha sido claro en el número de muertos que espera. No ha hecho público el modelo matemático con el cual está tomando decisiones, para que la comunidad científica internacional pueda evaluarlo. No ha anunciado qué medidas específicas tomará para proteger a las pequeñas o medianas empresas o compensar a los trabajadores del sector informal o equipar a los hospitales con el número de ventiladores necesarios. No ha explicado por qué es tan minúscula la cantidad de recursos públicos destinados a encarar la crisis del coronavirus, en comparación con paquetes de emergencia en otros países. No parece darse cuenta de la tasa de mortalidad del coronavirus y que, aún en un escenario conservador, morirían aproximadamente 500 mil personas. No parece comprender que si sólo 5% de la los infectados requerirán tratamiento intensivo, esa cifra sería un millón 200 mil personas. La crisis agarra a la 4T desprevenida, desinformada y desorganizada.

Como escribe Yuval Noah Harari en “El mundo después del coronavirus”, la humanidad enfrenta algo sin precedentes; la mayor de nuestra generación. Las decisiones que las personas y los gobiernos tomen en las próximas semanas afectarán al planeta y a México por años. Ahora, más que nunca antes, necesitamos todas las manos a bordo. El Gobierno y la iniciativa privada. La burocracia y los partidos. Los científicos y los técnicos. Los aliados y los adversarios. Los neoliberales y los neopopulistas. Los periodistas y los funcionarios que deben ser transparentes.

Juntos, armando ventiladores, cociendo tapabocas, equipando hospitales, llevando a cabo pruebas, colaborando para hacer fluir la información, reuniendo a las mejores mentes de México, diseñando propuestas para lidiar con la recesión y llevar a cabo la mitigación y planear la recuperación. No son momentos de egos personales o rencillas partidistas o desplantes ideologizados o gabinetes invisibles o presidentes inmunes a la ciencia y desconocedores de los datos.

Llegó la hora de la tregua entre nosotros, porque importa más ganar la guerra contra la catástrofe que ganar la batalla política del día. Nos toca elegir entre la desunión o la solidaridad. Yo, al menos, opto por el optimismo de la voluntad en vez del fatalismo paralizante o la fe ciega. Y ojalá quienes me siguen empuñen las armas oxidadas de la esperanza para colaborar, contribuir, cuidarse a sí mismos y cuidar a los demás.

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