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La normalidad que elijamos

La normalidad que viene debe ser elegida conscientemente por cada uno, y por el conjunto, para que el cuerpo social esté más sano, y los individuos mejor preparados y resistentes para enfrentar enfermedades.

Por Ernesto Camou

Hace un mes los contagios en Sonora rondaban los 600 afectados diariamente; estas últimas dos semanas sólo enfermaron cada día alrededor de 200. Ha habido una disminución significativa de contagios, y también del número de fallecidos: Los especialistas han ido aprendiendo cómo tratar a los pacientes.

Nos estamos acercando a un periodo en el que debemos elegir cómo afrontar la vida en el futuro cercano, para evitar nuevos brotes epidémicosy proteger a los más vulnerables. No es una tarea sencilla.

Probablemente lo más factible será regular la asistencia a sitios donde se congrega gran cantidad de personas; más complicado resultará promover, y convencer, a individuos y familias que deben hacer un cambio radical en sus estilos de vida, en sus hábitos alimenticios y en sus prácticas sociales, laborales, deportivas y de recreación.

El Comité Municipal de Salud de Hermosillo acaba de aprobar la reapertura controlada de diversos espacios: Los cines, con aforo del 35%; centros comerciales, al 50%; restaurantes, al 50% y sólo horarios vespertinos. Los salones de eventos cerrados, al 30%, y al 50%, si son abiertos. Gimnasios al 50% y boliches al 35%.

Por último, los casinos con no más de 35% de aforo... En lo personal, no hubiera permitido la apertura de casinos que pueden esparcir el Covid, fomentan la ludopatía, y resultan una sangría para la economía doméstica.

Resultará sensato evitar las aglomeraciones y los espacios cerrados, en particular aquellos que cuentan con aire acondicionado, que puede reciclar el virus en un espacio relativamente sellado. No iré a cines, gimnasios, fiestas o reuniones multitudinarias. Tenemos que encontrar nuevas maneras de socializar y compartir experiencias o conocimientos.

Para las compras hogareñas preferiré negocios más pequeños y bien surtidos en vez de los colosos repletos de todo lo imaginable, y casi nunca adquirible, con aglomeraciones a la hora de pagar. Tiene más sentido, de salud y convivencia social, ir a la tienda del barrio, o al mercadito que ofrece lo indispensable y cotidiano.

En el caso de la Iglesia Católica, las misas dominicales son un riesgo. Por la contingencia se debería repensar la pastoral en las parroquias. Impulsar la celebración de la Eucaristía en jardines o pasillos de casas o centros de barrio, con asistencia de pocos y conocidos, familias y vecinos. Menos fieles y mayor participación.

Y ya no obligar a asistir a la misa dominical: Que haya ceremonias todos los días de la semana, en eventos pequeños, nunca multitudinarios, en sitios distintos durante los siete días, e insistir más en disfrutar el reunirse y celebrar la cercanía y compromiso común, y no tanto para cumplir un precepto. Parece una oportunidad para el cambio.

Quizá lo más complicado va a resultar cambiar los hábitos y la cultura alimenticia. Si algo hemos aprendido del coronavirus es que se intersectó con epidemias previas en el País: La obesidad, diabetes y la hipertensión.

En conjunto podemos afirmar que comemos mal y nos movemos poco. Eso acarrea gordura y las otras morbilidades. La combinación de éstas con el Covid resulta muy grave, y con frecuencia letal.

Cambiar la dieta es un imperativo: Comer menos carnes rojas, desterrar el filete y las carnitas, y dejar su consumo para ocasiones especiales, cada tantos meses. Consumir más verduras y frutas frescas, y evitar los panes, pastas y arroces blancos, y elegir siempre los integrales. Huir de las fritangas y los antojitos y, por supuesto, de los refrescos azucarados. Y, ni modo, tomar cerveza con mucha moderación.

Hay que ejercitarse diariamente, caminar al menos media hora, a buen paso, tranquilo y sin fatigas; que entrenar el cuerpo no debe ser doloroso: Más vale reposado y placentero pero regular, que la obsesión permanente por romper records.

La normalidad que viene debe ser elegida conscientemente por cada uno, y por el conjunto, para que el cuerpo social esté más sano, y los individuos mejor preparados y resistentes para enfrentar las enfermedades. No hay de otra.

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