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Columnas Desde la Polis

La importancia del lenguaje

Creo que la herramienta que define nuestra sofisticación como especie es la construcción del lenguaje.

Por Jesús M. Acuña Méndez

Creo que la herramienta que define nuestra sofisticación como especie es la construcción del lenguaje. A lo largo de los milenios, fuimos encontrando las maneras para comunicarnos entre nosotros: Aprendimos una serie de códigos para expresar miedo, aprobación, rechazo, hambre, sed, etc. La comunicación es el instrumento para decir qué pasa por nuestras mentes y por nuestros corazones.
 

Noam Chomsky desarrolló estudios determinantes en el campo de las ciencias cognitivas y a partir de ahí vino una cascada de hallazgos en torno a la conexión directa entre el empleo/desarrollo del lenguaje y el empleo/desarrollo del intelecto. La claridad con la que nos expresamos indica la claridad con la que pensamos. Por esto es que en los países desarrollados se hace tanto hincapié en la correcta enseñanza y uso de las palabras, desde las primeras etapas escolares hasta las más avanzadas.

En sentido opuesto, son los grupos humanos más atrasados los que mantienen los puentes de comunicación más primitivos, despreciando incluso socialmente a quienes hablan con “palabras domingueras”. Por estos -y muchos otros- motivos es que debemos poner especial atención a la manera en que nos comunicamos (que ojo, no es lo mismo que nuestro catálogo de palabras, lo cual no refleja intelecto sino conocimiento) ya que no sólo mostrará cuánto poseemos -o carecemos- en nuestra mente, sino que también nos acercará -o alejará- de los objetivos que perseguimos.

Teniendo lo anterior como premisa, pasemos a la elección del 2006. Durante dicha carrera, AMLO punteó, no obstante los embates de sus adversarios. Sin embargo, comenzó ahí una tendencia que lo ha acompañado desde entonces: La capacidad para ser él su principal enemigo, a partir de lo que dice y hace. Los grupos de interés no hallaban cómo tumbar al candidato del PRD pues caía bien, tenia un discurso potable y no era ladrón. El entonces presidente Fox, desatado y con un rol protagónico en la contienda electoral, intervino una vez más y, colmada la paciencia del tabasqueño, este exclamó el triste “¡ya cállate chachalaca!”. Evidentemente el auditorio presente -por su nivel- festejó la expresión… y a sus enemigos políticos esto les cayó del cielo. Nunca más volvimos a ver campañas negras tan bien armadas en la TV, donde en cámara lenta gritaba esa frase AMLO, se asomaban unas llamas en el fondo, se comparaba con los insultos de Hugo Chávez y se veía una imagen de México desmoronándose. El “peligro para México” funcionó tan bien que acercó los márgenes electorales que permitieron el fraude unas semanas después.

El ejercicio de las conferencias mañaneras es fabuloso… no porque sea una genialidad, sino porque estábamos acostumbrados a una mediocridad política monumental. Por el nivel tan bajo de la oposición nacional es que en estos ejercicios matutinos, nuestro Presidente ha monopolizado la narrativa. Se habla de lo que él quiere que se hable… quitándole el bastón de mando de la conversación a todos los demás actores, quienes -en el mejor de los casos- han sido relegados a la reacción. Desde esa gran tribuna, nuestro Presidente ha ejercitado su lenguaje, el campechano y dicharachero… y aquí es donde la cosa se pone buena.

En otra reflexión de hace meses expliqué que los círculos reales de poder en este País, en tanto no se sintieran verdaderamente perjudicados en sus intereses, no actuarían en contra del Presidente y la 4T (son lo mismo). ¿Han visto esa neutralización de la oposición? Es normal: Son súbditos de intereses invisibles para la gran mayoría de los mexicanos… y sirven cuando esos intereses mandan instrucciones para que las cosas se muevan en tal o cual dirección. Y dicho poder fáctico, alerta durante el 2019, no sintió ninguna amenaza real. Sin embargo, y esto me llena de gran optimismo, el arresto de Lozoya puede ser un punto de inflexión frente a lo que tiene decepcionados a millones de mexicanos: La notable inacción presidencial (el presunto pacto de impunidad) en favor de los personajes que tanto daño le hicieron a México. 

Inicialmente, múltiples indicativos apuntaron a que AMLO no tenía intención real de encarcelar a aquellos personajes que tanto señaló como los responsables de tronar a México. Por eso Peña, muerto de la risa, deslumbraba con sendos pasos en las pistas de baile de bodas, ya como ex Presidente. Sin embargo, cayó Collado: No sólo era quien les lavaba el dinero a los pandilleros mayores, sino el que les conocía los secretos. Jugada magistral. Con ello, se aseguraba mantener a raya a los poderes fácticos. Se juntaron problemas: El desabasto de combustibles, la incapacidad en el área de seguridad, lo de Ovidio, la crisis en salud, la economía paralizada. Pero no pasaba nada: Nuestro Presidente presumía la popularidad en sus encuestas y recalaba a la estrategia que seguía siendo consumida por el auditorio: Recordarnos que los de antes provocaron todo.

Sin embargo, cayó Lozoya. Esto es un brutal desequilibrador, puesto que Emilito forma parte de una élite dorada, muy pequeñita y muy sensible. Ex gobernadores y ex secretarios que han estado en las celdas no forman parte de ese círculo. Y, quizá abrumado por la problemática en tantas áreas, nuestro Presidente volvió a la fórmula de culpar a los anteriores, sólo que lo hizo de manera explícita y lo hizo con Lozoya detenido en España. Ya no es un ciudadano recorriendo pueblos, ni es un candidato.

Lo que el Presidente de la República expresa tiene consecuencias legales… pero él ha mostrado un desdén a la importancia del lenguaje (desde el chachalacazo hasta el fuchicaquismo). Los factores reales de poder saben dos cosas: Que sólo los niños de pecho se creerían el cuento de que Lozoya actuó solito (es decir, ir por él implicaría que cayera toda la mafia del poder)… y que, si AMLO hiciera esto, no importa cuánto se equivoque más adelante, el pueblo mexicano quedará extasiado con ello y se crearía toda una nueva oligarquía política y económica. Los factores reales de poder se han activado, pues sienten las amenazas finalmente. Quizá estoy siendo muy optimista, pero en un País como el que tenemos, no serlo me llevaría a la locura.
Entonces vino la primer gran crisis maestra de esta administración. Revísenlo: El desabasto de combustible, los huachicoleros carbonizados en Hidalgo, el Culiacanazo, lo de Bavispe, etc… nada de eso abolló a AMLO como la cuestión del feminicidio. ¿Es un problema crítico? ¡Por supuesto! Pero ha estado ahí por años (¡recuerden Cd. Juárez!) y no había provocado un escenario como el actual. La impericia presidencial en el lenguaje fino provocó que reaccionara pésimamente ante las tragedias de Ingrid y Fátima. De nuevo: Los factores reales de poder se activaron, pues sienten las amenazas finalmente. Estos grupos (donde hay gente extraordinariamente inteligente) sí saben cómo hacer las cosas, cómo aprovechar las coyunturas o cómo crearlas. Sus sirvientes en la oposición política, que habían brillado por su mediocridad y ausencia, ahora han protagonizado los primeros golpes certeros en contra del Presidente, que perdió por primera vez el monopolio de la conversación pública.

¿Y cómo recuperarlo? Dobleteando la apuesta, como en el black jack, con la filtración en el Wall Street Journal de que las investigaciones se están acercando a Peña Nieto… y cuidado, que él, a su vez fue peón de otras figuras, que… ¿en qué sexenio crecieron exponencialmente, quién las creó y a cambio de qué condiciones? En fin; estamos ante una gigantesca e histórica oportunidad, si decidimos interpretar los hechos con la óptica del optimismo y de un verdadero interés por hacer justicia en México.

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