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Columnas Desde la Polis

La fosa llamada Sonora

Sonora se ha convertido en una gran fosa común, con cuerpos aquí y allá… Y con un Gobierno insensible ante la necesidad más elemental y humana de que los deudos puedan enterrar a sus muertos.

Por Jesús M. Acuña Méndez

Durante mi niñez, mi madre llevó a mis hermanos y a mí a pasar los veranos a Puebla, pues ahí están los negocios agroindustriales que fundaron sus hermanos. Recuerdo la manera tan vehemente en que le presumía a mis primitos poblanos el ser de Sonora, y hoy no logro encontrarle una explicación o justificación precisa. No sé por qué tenía la idea de que éramos lo mejor, superiores, exitosos, etcétera.

Desde pequeño, mis padres me habían explicado bien lo que habían hecho los sonorenses durante la Revolución y sentía también una profundísima admiración por el sacrificio del Héroe de Nacozari. Esos detalles me llenaban de orgullo, pero eran eventos muy remotos a mi tiempo.

Recuerdo también que Sonora estaba muy desconectada del centro del País; sentíamos más cercanía con costumbres y dinámicas propias de nuestros vecinos estadounidenses, que con el crisol cultural del centro y Sur de México.

Dos momentos fueron clave para que comenzara a cambiar el rostro de nuestro Estado: El Tlcan y la crisis económica producto del “error de diciembre” en 1994. Con el primer evento, hubo un gran salto en la dinámica económica, en la maquila y el comercio; con el segundo, se catapultó exponencialmente el arribo de personas del centro y Sur de México, así como de inmigrantes centroamericanos. Atrás quedó la Sonora desconectada… Y con ello, comenzó también a esfumarse ese regionalismo.

Cuando escucho a los políticos más acartonados hablar de “las grandezas de Sonora”, identifico el recurso retórico tan vacío que intentan venderle a la ciudadanía. Hoy, el promedio de edad en Sonora no supera los 30 años y esta generación no conoció esas “bonanzas”; son hijas e hijos de la adversidad, de crisis financieras… Cuya adolescencia vio escalar dramáticamente los niveles de violencia e inseguridad.

La visión del grueso de la población no es una que añore mejores momentos, pues no los ha conocido, y eso me lleva al epicentro de esta reflexión: Cómo estamos, por qué estamos así y cuál es la disyuntiva frente a nosotros.

Hace unos días, un medio nacional consultó mi opinión sobre el Estado de inseguridad en Sonora. Con independencia de que la reportera desconociera realmente el tema que le había sido asignado, no me resultó raro que brincara a la conclusión fácil: “Durazo, como secretario de Seguridad nacional, le falló a los sonorenses, ¿correcto?”

A partir de su premisa, le expliqué a la reportera que la dinámica del narcotráfico aquí, comenzó su ascenso glorioso en el Gobierno de Félix Valdés (gran poder de los muchachos de Caborca); que en la siguiente, Amado Carrillo trazó rutas aéreas que envidiaría -hoy- la mejor aerolínea del mundo; que se pactó abiertamente con el crimen organizado, en una dinámica que era conocida desde Los Pinos y regenteada con las Fuerzas Armadas.

Le expliqué que, aun en un clima de poca información política entre la ciudadanía, en aquella época se comenzó a saber que en el Gobierno iniciaban los grandes atracos al erario. Mientras hablaba, la periodista me interrumpió en un par de ocasiones: Sí, ¿pero y Durazo? “Ahorita llegamos, deme oportunidad”, respondí.

Le expliqué que con la atroz “estrategia” de seguridad de Calderón (cuyo principal arquitecto hoy pernocta encarcelado) esto se salió de control y que en los últimos once años, en Sonora han reinado cuatro principios: La voraz corrupción, la monumental ineptitud, la dolorosa negligencia y la flagrante complicidad.

Sonora es hoy un incendio generalizado: No hay inversión económica, el manejo de las áreas de justicia (procuración e impartición) vulneran seriamente la gobernabilidad. Estamos presenciando el tétrico espectáculo donde desaparecen gente (ya no sólo a delincuentes, sino también a mujeres y niños) y no pasa nada.

Como si estuviéramos en el contexto de una guerra civil africana, Sonora se ha convertido en una gran fosa común, con cuerpos aquí y allá… Y con un Gobierno insensible ante la necesidad más elemental y humana de que los deudos puedan enterrar a sus muertos. Y, por más esquizofrénico que resulte, encima de todo esto… Se pagan “estudios de opinión” a modo (con dinero público, claro) que indiquen que la ciudadanía está satisfecha. Inequívocamente: El poder en manos de los menos preparados para él, los destruye.

“Ahora sí, señorita… Tras haber entendido bien los últimos 35 años, entrémosle con Durazo”. Enfadada, la reportera me dio las gracias y procedió a despedirse, por más que quise darle mi opinión -crítica- sobre la estrategia de seguridad del presidente López Obrador.

¿HAY PACTO?        

Tras leer todo lo anterior, el peor fraude -social, histórico y político- que pudiera cometer la opción política que pretende cambiar el statu quo en Sonora, sería pactar con la fauna político (2009-2021) que tanto daño le ha hecho a la entidad.

Se debe tener muy claro que el cuento de que “se les necesita para ganar”, es sólo eso: Un muy mal cuento. Mucho cuidado con andar creyendo en esos espejismos nocivos (los que se van están desesperados por pactar), pues se estará cometiendo un craso error y se estará también repitiendo la historia.

Twitter: @AcunaMendez
Correo electrónico: jesus@creamosmexico.org

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