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Columnas

La Alianza PRI-PAN

La alianza deja algunos sinsabores que otros contendientes buscarán capitalizar. En primer lugar, el rompimiento suave -acaso simulado- con el PRI manda una señal potente: La marca está invariablemente dañada.

Por Mario Campa

La alianza PRI-PAN en Sonora parece inminente.

Los cabos sueltos fueron atados la semana pasada a trompicones. Por un lado, los comprometedores audios filtrados de la cúpula panista dejaron en claro que la dirigencia ya tomó postura.

Por otro, la renuncia tímida y circunstancialmente forzada de Ernesto Gándara a su militancia devela la intención de satisfacer la condicionante del PAN de competir bajo una bandera unificada que disfrace cualquier subordinación. Ya se hizo la machaca.

La alianza deja algunos sinsabores que otros contendientes buscarán capitalizar. En primer lugar, el rompimiento suave -acaso simulado- con el PRI manda una señal potente: La marca está invariablemente dañada.

Por supuesto, el legado de la priista en jefe, la gobernadora Claudia Pavlovich, corre aprietos. Ernesto Gándara tendrá que pasar a la ofensiva y criticar los puntos débiles del Gobierno estatal, como el alto endeudamiento, los problemas de liquidez, la rampante inseguridad con respecto a la media nacional y la escasa inversión pública, por nombrar algunos.

Asimismo, el PAN tendrá que jugar malabarismos desde la oposición. ¿Cuál será la postura de la alianza sobre las investigaciones periodísticas de la Operación Safiro o La Estafa Maestra? ¿Cómo abordarán la estigmatización del padresismo?

En segundo lugar, el desafecto panista con la cúpula parece irreconciliable. La percepción de traición a los ideales del partido a cambio de cuotas electorales costará fuga de votos y cuadros.

Una encuesta levantada por Parametría a finales de octubre en 4 mil viviendas sonorenses arrojó que el 33% del electorado panista nunca votaría por el PRI. La incompatibilidad es alarmante considerando que solo el 17% del panismo jamás votaría por Morena.

A su vez, este malestar causará que los contrincantes pesquen entre la militancia agraviada y relegada. Las mermas serán ineludibles.

En tercer lugar, el votante indeciso e independiente suele repudiar cualquier intento de simulación. Por ejemplo, recién en Proyecto Puente, Gándara abrió las puertas al beltronismo y con ello a una ráfaga de críticas. Si la bandera parchada es percibida como un mero disfraz electoral que oferta continuismo, la imagen percudida de los partidos aliancistas podría tener efecto búmeran.

Considerando que Ernesto Gándara ocupó un escaño en el Senado (2012-2016) y fue Secretario Técnico del Consejo Político Nacional del CEN del PRI (2016-2018) durante un sexenio peñista manchado por escándalos de corrupción, lavarse las manos requerirá algunos litros de gel antiséptico.

Finalmente, la alianza enfrenta adversarios incómodos. Eduardo Bours tundió en semanas recientes a Ernesto Gándara y aupó la candidatura de su hermano Ricardo en Cajeme.

Considerando el alto grado de canibalismo demoscópico del PAN con MC, una baja aceptación a la alianza en el Sur de la entidad y cualquier percepción de que Gándara antepondría los intereses de Hermosillo sobre los de Obregón podría reabrir heridas regionales.

Asimismo, cualquier declaración de guerra a la Federación ahuyentaría a empresarios que prefieren gobiernos colaborativos y reactivaría a los votantes que en el verano de 2018 dieron la espalda a los partidos tradicionales.

Ernesto Gándara se metió en camisa de once varas. Echarse atrás ahora, ya no es opción.

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