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Columnas Desde la Polis

El sesgo de selección

Puesto que la cultura política de la ciudadanía ha evolucionado, ahora se presta mayor atención al grupo de personas que rodea al candidato.

            En estadística, el sesgo de selección es el error que se comete cuando al realizar un análisis para estudiar a determinado grupo, el muestreo no se realiza con la aleatoriedad debida y, por ende, la conclusión a la que arriba dicho análisis es equivocada pues estará basada en premisas distorsionadas. Recordé este concepto de mis clases de econometría porque en política, claramente existe el fenómeno de los sesgos a la hora de tomar decisiones… y por lo tanto, su grado determinará qué tan grave es el error cometido por la persona responsable de tomar decisiones.

            Puesto que la cultura política de la ciudadanía ha evolucionado, ahora se presta mayor atención al grupo de personas que rodea al candidato. Dada nuestra larga y añeja tradición tlatoánica, la conciencia colectiva se enfocaba sólo en el individuo que detentaría de manera personalísima el poder (ya fuera para la gubernatura o la presidencia)… y parte de la genialidad de López Obrador fue que rompió con ese esquema, al saber que se fortalecería más al presumir -en campaña- a un equipo altamente competente. Sobre esto último, si bien las personas que terminan conformando el gabinete no son necesariamente las mismas que están en la oficina del candidato o las que participan en los “cuartos de guerra”, el equipo de gente cercana ha venido cobrando una mayor relevancia entre los electores.

            Pensemos ahora en el transcurso de la campaña por la gubernatura sonorense. Hemos escuchado sus discursos y propuestas, así como visto sus spots. Inevitablemente, el material que llega a la ciudadanía es aprobada por el candidato. Subrayemos esa última frase: Tal o cual cosa “ha sido aprobada” o “es ordenada por” el candidato. A partir de aquí comienza a cobrar relevancia el título de esta columna. ¿Cómo es el proceso de selección de la persona que detenta el poder? Para responder esta pregunta, podemos voltear a ver diversos factores, como la configuración emocional de quien decide (si es ególatra o humilde, acomplejado o seguro, amargado o feliz), su preparación técnica, su experiencia profesional y finalmente el conjunto de vivencias que han marcado su vida, por mencionar a los principales. Ese cúmulo de factores indudablemente pesan al tomar decisiones, pero para elegir, primero hay que tener opciones.

            Casi inequívocamente, esas opciones son producto del equipo. En otras palabras: ¿Quién termina decidiendo, la cabeza… o la persona que le puso las opciones en la mesa? Este es el problema central con la configuración del equipo, con la conformación del círculo profesional de confianza que creará proyectos, preparará discursos, elegirá rutas de acción; son las personas que prácticamente determinarán qué se hace, qué no y en qué calidad. Sin embargo, la responsabilidad última -no sólo sobre la toma de decisión sino sobre la calidad de ese equipo- es de quien detenta el poder. Para bien y para mal.

            Cuando Ricardo Bours, ante la necesidad de captar atención, decidió llamarle pend... a Alfonso Durazo, lo hizo porque la gente que él eligió para asesorarlo en mercadotecnia, le hizo creer que se vería muy intrépido y echado para adelante. Quien realmente decidió fue el asesor, pero el responsable es el candidato. Cuando Alfonso Durazo salió en algún spot con un sombrero vaquero que no le va, evidentemente él dio luz verde, pero quien terminó preparando ese pool de opciones mercadológicas “para que él escogiera” fueron quienes lo asesoran. Cuando Ernesto Gándara salió a decir que le pagará el título profesional a todos los universitarios, lo hace conscientemente, pero la ocurrencia nació en alguien más, que gozando de la cercanía con el candidato, posicionó la idea.

            Hay una escena en la extraordinaria película “La Vida es Bella”, donde el protagonista -un mesero- tiene que recibir a un comensal, pero la cocina está cerrada. Había en el lugar otro cliente -con el platillo frente a él- pero estaba sin hambre, obsesionado con la solución de una adivinanza. El hábil mesero toma la decisión de quitarle el plato para dárselo al que recién llegó; pero antes, al atender a este último, le ofrece los platillos más asquerosos, y luego -como “opción”- ingredientes del plato que ya tiene listo. Inevitablemente, el comensal, gustoso termina eligiendo lo que el mesero previamente ya le tenía listo. En política pasa exactamente igual. Si el candidato (o gobernante) tiene al lado asesores por cuestiones de afecto, de espejismos de capacidad o por deudas emocionales (y no privilegiando el talento), todas las decisiones que tome se verán afectadas en la calidad que pudieron tener, pero de la que carecieron.

            Los humanos somos infalibles: Muchas veces nos guiamos por instinto y por emociones, y la lógica, fría y racional, pasa a segundo término. Para todos nosotros, los gobernados, será fundamental que quien llegue al poder tenga la providencial sabiduría de saber que cuando elija, lo hará a sabiendas de que definitivamente tenía las mejores cartas (opciones) sobre la mesa, porque fue los mejores quienes las pusieron ahí. Las consecuencias de ello nos beneficiarán a todos.

El autor es presidente fundador de Creamos México A.C. y especialista en políticas públicas por la Universidad de Harvard. jesus@creamosmexico.org
 

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