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Columnas

De abrazos y de balazos

La era de la criminalidad que hoy rige en Sonora, tiene diferentes naturalezas y su origen y control, diferentes niveles; mencionaré los tres principales.

Por Jesús M. Acuña Méndez

Hace poco más de un año, escribí la columna “Basta de autoengaños”, tras una jornada de más de dos días de violencia desatada en Magdalena; las autoridades (de cualquier nivel) brillaron por su negligente ausencia. En aquel texto adelanté que no sería el último episodio así y lamentablemente se repitió con más fuerza, estos días. Por complicidad o incapacidad, no se usó el garrote.

La era de la criminalidad que hoy rige en Sonora, tiene diferentes naturalezas y su origen y control, diferentes niveles; mencionaré los tres principales. En el primero, el nivel político más alto de nuestro País acuerda/delinea/impone/pacta condiciones con el más alto liderazgo de la criminalidad. Esto tiene consecuencias no sólo nacionales, sino que hasta llega a tener ramificaciones hemisféricas: Ejemplos claros son las corporaciones con cabecera en Sinaloa y en Jalisco, así deciden dónde comercializan, dónde ejercen influencia, y dónde -con sus respectivos gerentes regionales- también imponen el terror cuando se necesita. En el segundo, es fundamental lo que decida hacer un gobernador o gobernadora, es decir, si será empleado, socio o adversario de la criminalidad. Sin lugar a equívocos, un gobernador poco podrá hacer para contener el imperium de cartel de Sinaloa o de Jalisco, si un Presidente acuerda otro tipo de condiciones más placenteras para la ilegalidad. En sentido contrario, cuando desde el nivel más alto se toma la decisión de no continuar siendo un narco-Estado, un Gobernador tiene la oportunidad (tomando en cuenta las profundas limitaciones institucionales con las que se cuenta) de entrarle al toro por los cuernos; hacer lo opuesto -como hace mucho tiempo lo documentó el New York Times- sólo hundirá más a Sonora.

Finalmente está el tercer nivel, que tiene que ver con las características locales. Me enfocaré en dos condiciones que resultan determinantes: Las cualidades socioeconómicas de la región y la calidad institucional y de políticas públicas para hacerles frente. En una ciudad promedio de nuestro Estado, el crimen organizado (en las condiciones descritas anteriormente) ejerce un control de policías y también político. Sin embargo, no es la única dinámica de ilegalidad presente, pues frente a la corrupción burocrática y a la falta de controles (sociales, tecnológicos y legales), el desgaste institucional termina por afianzar entre la ciudadanía una fuerte cultura de lo ilícito.

¿Recuerdan aquel hermano incómodo de un Presidente de la República? Era amigo íntimo de narcotraficantes e hizo mancuerna con narcogobernadores que ayudaron a que ese negocio floreciera. En circunstancias así, donde la prioridad es el enriquecimiento económico enajenando la cosa pública a partir del poder, no sorprende el abandono y la caída tanto de instituciones como de las condiciones cualitativas reales, de tipo socioeconómico, que padeció la gente. Por el contrario, cuando se tiene un Presidente que realmente no quiere simular frente a la ilegalidad y a un Gobernador que hace lo propio, una repercusión inmediata comienza a ser el saneamiento institucional y de quienes ocupan las oficinas burocráticas. Desafortunadamente, el proceso que hemos enfrentado -en Sonora y en México- ha sido complicado… sin embargo, los resultados electorales indican que existe un tremendo voto de confianza en un proyecto que ha prometido comenzar la reversión de las inercias que tanto daño han hecho.

En esa misma dinámica local, es determinante no sólo la aparición de la fuerza del Estado para enfrentar a la ilegalidad (garrote, en fuerza y procuración/impartición de justicia) sino la calidad de las políticas públicas para restarle viabilidad a un entorno donde hasta ahora, no sorprende que florezca la criminalidad, si lo único que han conocido es la marginación, la pobreza de servicios, la ausencia de ley y la miseria. La implementación de estrategias no-coercitivas (zanahoria) para hacerle frente a la ilegalidad es una gran oportunidad a desarrollarse desde lo local. Cuando sean necesarios, debe haber balazos (si no, para qué existe el Estado), pero los abrazos deben tener un rumbo y una dirección realmente emancipadora y que genere un desarrollo humano y de capacidades entre los más vulnerables. Esta semana, gente del primer círculo del gobernador electo, sostuvo reunión con un equipo multidisciplinario del más alto nivel, radicado en la Universidad de Harvard, para afinar detalles para una plataforma de gobernabilidad y desarrollo social creada desde México y para las condiciones propias de nuestra región. Atrás deben quedar las épocas de las recetas mágicas neoliberales sin funcionalidad en nuestra realidad. Este esfuerzo, que se ha cocinado por años, podría encontrar su lanzamiento institucional en Sonora y crearía un referente nacional. Ya nos enteraremos qué sucede con esto y demás oportunidades excepcionales que seguramente no se desaprovecharán, para ir cambiando los episodios de terror y desconsuelo por otros de esperanza y bienestar.

 

El autor es presidente fundador de Creamos México A.C. y especialista en políticas públicas por la Universidad de Harvard.

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