No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas De política y cosas peores

Cifras maquilladas

“Me duele el destino” -les dijo Pepito a sus papás. La madre se inquietó; el papá pensó que su hijo era un niño prodigio de la filosofía, así como los hay de la música o el ajedrez.

Por Catón  

“Me duele el destino” -les dijo Pepito a sus papás. La madre se inquietó; el papá pensó que su hijo era un niño prodigio de la filosofía, así como los hay de la música o el ajedrez. Un Mozart o Bobby Fischer de la ontología, por decir. Le preguntó, solemne: “¿Acaso tu sino es doloroso?”. La señora, más práctica, inquirió: “¿Dónde exactamente te duele?”. El chiquillo se señaló la parte de la entrepierna. Dijo el padre, algo decepcionado: “Eso no se llama así. Tiene muchos nombres -llenarían una plana de este prestigiado periódico-, pero jamás he oído que le digan ‘el destino’”. Con una pregunta respondió Pepito: “¿Entonces por qué en la fotografía de los novios que se casan dicen los periódicos: ‘Unieron sus destinos’?”. “Eres un mentiroso. Siempre me has dicho que tu abuelo murió de muerte natural, y ahora me entero de que lo ahorcaron por bandido”. “No te mentí. Con la vida que llevaba era natural que lo ahorcaran”. Cuando en el rancho del Potrero alguien muere de viejo la gente dice que “murió de su muerte”. Así dijeron de doña Elisa, quien falleció a los 110 años de edad -sus hijos la tenían en una cunita de bebé, entre algodones-, e igual del señor Sixto, que se aburrió de vivir, dijo. “Nomás escribo una carta -declaró- y me muero”. La escribió -en ella se despedía de su esposa, que se había ido a Saltillo-, y después de firmarla procedió a morirse como quien se va a dormir. De muchas cosas está urgido México en estos días ominosos: De camas de hospital, de tapabocas, de respiradores, de medicamentos. Pero algo que le hace igualmente mucha falta es la verdad. No se han de ocultar, so pretexto de no causar alarma entre la población, las verdaderas cifras de las muertes ocasionadas por el coronavirus. Si alguien murió por efecto de ese mal no se debe poner en su certificado de defunción que falleció a consecuencia de una “neumonía atípica”. Lo peor que las autoridades de salud podrían hacer sería ocultar los hechos, maquillar las estadísticas o rasurarlas. La verdad es a veces dolorosa, pero sirve para enfrentar la realidad y tomar las medidas necesarias para evitar que nos rebase. De cara a esta epidemia la verdad es también una medida sanitaria. Conoció a la mujer en un bar de Las Vegas. Era alta y rubia; tenía enhiesto busto, rotundo caderamen y torneadas piernas. La invitó a tomar una copa, y luego otra y otra más. Los acontecimientos se precipitaron, y en horas de la madrugada se vieron ambos en una capilla donde se oficiaban matrimonios de 25 dólares. Ahí contrajeron matrimonio. (Eso de “contraer” me ha sonado siempre a enfermedad). Se dirigieron a un hotel de lujo (no creo que haya sido el Venetian, porque las canciones que se oían eran napolitanas) y ocuparon la suite nupcial. “Dame 5 minutos” -le pidió la flamante desposada al anheloso galán. Pasó él a la habitación vecina; contó con ansiedad en su reloj los 300 segundos, que le parecieron eternos, y presuroso volvió al lecho. En él estaba recostada ya la novia, despojada de toda lencería, los dedos (de las manos, claro) atrás de la nunca como la Maja Desnuda de Goya o la novia triste de Ramón López Velarde. El recién casado se despojó de su vestuario, e iba ya a subir al lecho de himeneo cuando advirtió con sorpresa que su mujercita había puesto sobre el buró el retrato de un hombre apuesto y joven. A la vista de esa fotografía se le cayó el ánimo al recién casado. Le preguntó a su novia, atufado y celoso: “¿Quién es ese hombre? Y no me vayas a decir que es tu papá cuando joven, tu hermano o un primo que tienes en Poughkeepsie, porque no te lo voy a creer”. “No -contestó ella-. Soy yo antes de la operación”. FIN. 

Comentarios