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Columnas Rebelión de jóvenes

Jaque Mate

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El movimiento estudiantil de 1968 fue en buena medida producto de la intolerancia. Los enfrentamientos del 22 y 23 de julio entre alumnos de las vocacionales 2 y 5 del Politécnico con estudiantes de la preparatoria privada Isaac Ochoterena provocaron una explosión de inconformidad por la violencia de la intervención de la policía. La represión de las manifestaciones del 26 de julio, las detenciones de miembros del Partido Comunista y, sobre todo, el bazukazo en la puerta labrada de madera de la Preparatoria 1, el antiguo Colegio de San Ildefonso, el 30 de julio, fueron detonantes adicionales de un movimiento que reflejaba también el espíritu de rebelión de una nueva generación, no solo en México sino en el mundo. Yo tenía 14 años y asistía apenas al tercero de secundaria, pero participé en la manifestación del 1 de agosto encabezada por el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, quien enfureció al presidente Gustavo Díaz Ordaz por su decisión de izar a media asta la bandera de rectoría. Me uní también a la marcha del silencio del 13 de septiembre, un río de jóvenes que en su silencio ofrecía una condena más contundente al Gobierno que la de los más airados lemas políticos. Fui miembro de la Brigada Carlos Marx, un grupo de niños de secundaria que le reportaba a El Búho, Eduardo Valle, en la Facultad de Economía de la UNAM. El movimiento no tenía una ideología clara. Algunos simplemente se oponían al régimen autoritario del PRI. Otros querían encabezar una revolución socialista. Algunos eran trotskistas, otros maoístas, otros comunistas. Para muchos la simple rebelión era más importante que saber qué había que construir. He escuchado muchas teorías de la conspiración sobre el movimiento. Las primeras las ofreció el propio presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien argumentaba que había un plan comunista para desestabilizar al país en vísperas de los Juegos Olímpicos de 1968. Ha sido muy popular la tesis de que Luis Echeverría, entonces secretario de Gobernación, manipuló el movimiento para generar incertidumbre política y convertirse en el sucesor inevitable de Díaz Ordaz. No falta quien diga que simplemente sufrimos una muy mexicana falta de coordinación entre las autoridades. El 2 de octubre en Tlatelolco las tropas que ingresaron a la Plaza de las Tres Culturas fueron recibidas por balas de francotiradores, pero quienes disparaban no eran miembros del movimiento, sino militares vestidos de civil, que algunos han identificado como el Batallón Olimpia y otros como elementos del Estado Mayor Presidencial. Ellos, al parecer, hirieron desde las alturas al general José Hernández Toledo cuando entró a la plaza. Los jóvenes, que no llevaron armas al mitin, fueron quizá simples peones en una lucha que ellos no entendían. Nuevos jóvenes salen cada año a las calles para corear que el 2 de octubre no se olvida; pero en 2016 Luis González de Alba, uno de los protagonistas del movimiento, escribía que “los participantes, entrevistados por diversos medios y a lo largo de años, son prueba de que se ha olvidado: Nadie sabe qué es lo que no se olvida, qué ocurrió ese 2 de octubre”. Lo que sí sabemos es que el recuerdo se ha convertido en uno de los mitos nacionales que obliga a los políticos a hacer pronunciamientos. Nadie puede estar en el poder si no asume una posición políticamente correcta ante un movimiento que, 50 años después, deja más dudas que certezas. ACUERDOS Canadá ha logrado mantener el capítulo 19 del TLCAN sobre resolución de controversias, lo cual beneficiará también a México. Además, ha reducido sus barreras a los lácteos, lo cual beneficiará a los consumidores canadienses, pero irritará a los productores de lácteos de Quebec, provincia que ayer tuvo elecciones.

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