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Columnas El legado de Mao

Jaque Mate

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El 1 de octubre de 1949, Mao Zedong (Mao Tse-tung en la vieja transliteración Wade-Giles) declaró la República Popular de China. Concluía así una guerra civil que empezó en la década de 1920, se interrumpió durante la Segunda Guerra Mundial mientras comunistas y nacionalistas se enfrentaban a los invasores japoneses, y se renovó después con enorme violencia hasta la victoria comunista y la salida de los nacionalistas de la China continental para refugiarse en la isla de Taiwán. Mao encabezó desde entonces y hasta su muerte no sólo un Gobierno desastroso sino criminal. Su “gran salto hacia adelante”, de 1958 a 1961, fue un enorme retroceso que empobreció de manera brutal al país. Las políticas de colectivización del campo y las directrices que dictaba desde el aislamiento del poder produjeron un desplome de la producción de alimentos y llevaron a la muerte por hambre de 45 millones de chinos (Frank Dikötter, Mao’s Great Famine; Walker & Co., 2010). Su posterior revolución cultural, de 1966 a 1976, significó un golpe brutal a la cultura del país y llevó a la purga de millones de chinos por delitos como tener una educación formal. La economía de China no empezó a despegar sino hasta después de la muerte de Mao en 1976, cuando Deng Xiaoping impulsó una política de apertura económica y reintrodujo el capitalismo con el argumento: “No importa que el gato sea blanco negro, sino que sepa cazar ratones”. Deng, sin embargo, mantuvo el culto a la personalidad de Mao, quizá con la idea de que esto le permitiría controlar mejor el País, donde los fanáticos del ex “gran timonel”, entre ellos la propia viuda de Mao, Jiang Qing, seguían teniendo mucho poder, o quizá con el placer perverso de usar la imagen del fallecido líder comunista para impulsar el capitalismo. Mao habría estado feliz, sin duda, con la continuación del culto a su personalidad. Era un hombre enamorado de sí mismo que dijo en una ocasión: “¿Qué hay de malo con el culto? La verdad está en nuestras manos, ¿por qué no habríamos de adorarla?”. A Mao poco o nada le importaban las muertes provocadas por sus políticas. En una ocasión reflexionó sobre la posibilidad de una guerra entre países capitalistas y comunistas. “Imaginemos cuánta gente puede morir si estalla la guerra. Hay 2 mil 700 millones de personas en el mundo y se podría perder un tercio. Si fuera más alto, podría ser la mitad. Yo digo que, si lo peor llegara a ocurrir y muriera la mitad, todavía sobreviviría la mitad, pero el imperialismo sería borrado y todo el mundo sería socialista. Después de algunos años, otra vez habría 2 mil 700 millones de personas”. Este 1 de octubre el Gobierno chino celebrará el 69 aniversario del triunfo de la revolución comunista. Lo hará, como siempre, con homenajes a Mao. Hace ya mucho tiempo que las autoridades chinas abandonaron las políticas comunistas que causaron tanta muerte y sufrimiento, pero mantienen el autoritarismo político que también promovió Mao. Preservan de igual manera el culto a Mao, cuyo supuesto cuerpo embalsamado se exhibe en un mausoleo en la plaza de Tiananmen de Beijing. La verdad, sin embargo, es que Mao fue un gobernante autoritario y genocida, que debe ser colocado en los libros de historia al lado de Adolf Hitler y Stalin. A pesar de eso se le sigue reverenciando tanto en China como en otros países. Los gobernantes chinos lo hacen porque saben que en algunos casos es conveniente mantener ciertos mitos históricos. Mucha otra gente en el mundo lo hace por ignorancia. Pancho Villa En Chihuahua, donde me encuentro, hay una actitud similar. Los registros históricos nos dicen que Francisco Villa fue un asaltante, asesino y violador, pero su nombre se preserva como el de uno de los grandes héroes del Estado.

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