Columnas Sembrar la paz

Ideas y Palabras

Por Denise Dresser

¿Cuántos muertos más se necesitan para entender que la política de drogas ha sido un absoluto fracaso? ¿Cuántos desaparecidos más se requieren para comprender que el paradigma prohibicionista ha producido una tragedia nacional? ¿Cuántos desplazados más tendremos que contabilizar para desechar una estrategia fallida? Esas son las preguntas centrales que deberían dominar el debate público en este momento. Estos son los temas medulares que la Cuarta Transformación tendría que tratar si quiere mejorar a México y no sólo prometer que lo hará. La evidencia está ahí. Los estudios existen. Los expertos lo advierten. Si el próximo Gobierno no contempla la regulación de las drogas y sigue usando al Ejército para combatirlas, el resultado será predecible: Más violencia, más personas en prisión, más deterioro institucional, más guerra, menos paz. Una paz inalcanzable si se sigue insistiendo en más de lo mismo pero con otro nombre. Ya sea una “Guardia Nacional” o un “Ejército para la Paz” o una Ley de Seguridad Interior que el próximo gobierno promete no aplicar o unas Fuerzas Armadas “que no repriman” o un Presidente madrugador que coordinará esfuerzos a diferentes niveles, todas las mañanas. Eso y la buena voluntad no bastarán si no se enfrenta el problema de fondo: La política de drogas que venimos arrastrando desde hace décadas y con resultados medibles, cognoscibles, contraproducentes. Una crisis de violencia, una crisis de derechos humanos, una crisis de homicidios, una crisis de corrupción, una crisis de crimen organizado. Una catástrofe creciente. El propio expresidente Zedillo reconoció que se equivocó al perseguir una política punitiva que hoy rechaza. Y para sustituirla presenta -junto con Catalina Pérez Correa, Alejandro Madrazo y Fernanda Alonso- una “propuesta radical e indispensable”. La regulación de todas las drogas en México, con distintas modalidades pero de una sola vez. Comercializar en vez de prohibir, crear mercados abiertos en vez de combatir mercados negros, generar ganancias para el Estado en lugar de generar riqueza para los cárteles, reemplazar la criminalización por el tratamiento de la adicción, atender los daños a la salud en vez de seguir ignorándolos. Nada de pasos graduales, modificaciones incrementales, experimentación cautelosa. Nada de apertura simulada a la despenalización que ha sido más discursiva y simbólica que coherente y efectiva. La gravedad del diagnóstico amerita la audacia. La oportunidad que se abre para pacificar al país justifica la osadía. Pensar distinto. Legislar con evidencia. Volver lícito lo ilícito. Dejar de pelear batallas estadounidenses en territorio mexicano. Dejar atrás los prejuicios, las mentiras, las justificaciones, la militarización, las violaciones a los derechos humanos, las ejecuciones extrajudiciales, la política punitiva y todo lo demás que Calderón y Peña Nieto han vendido como solución, pero no lo ha sido. Y eso entrañaría avanzar inequívocamente hasta el establecimiento de sistemas legales y bien regulados que permitan acceso a las drogas, comercialización de las drogas, innovación en el mercado de las drogas. Porque si no, seguiremos atrapados en una contradicción permanente y letal: Mientras en México se mata para erradicar la mariguana, en Estados Unidos se compite para comercializarla. Habrá quienes argumenten que reformar la política de drogas es necesario, pero no suficiente. Tendrán razón. Por sí sola la regulación no resolverá problemas de criminalidad arraigada, corrupción constante y legalidad intermitente. Será imperativo reformar todas las instituciones de justicia y seguridad: Las policías, los procuradores, las cortes. Pero si no comenzamos con eso, cualquier otro esfuerzo continuará fracasando, como ha sucedido con la intensificación de la prohibición en los últimos años. Sin duda nuestra seguridad, nuestra supervivencia y nuestra viabilidad como país dependen de lo que sembramos, lo que vendemos, lo que consumimos, lo que exportamos. Pero precisamente por ello, ha llegado el momento de reemplazar la consigna del siglo XX por la advertencia del siglo XXI. Ayer, era “Sin maíz no hay País”; hoy debe ser “Sin mota no hay País” o “Sin amapola no hay País”. Y eso entraña construir mercados competitivos, funcionales, eficientes y bien regulados de drogas. Para poder sembrar la paz, toca regular lo que provoca la guerra.

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