Columnas ¿Y la corresponsabilidad, apá?

Desde la Polis

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No tengo duda de que nuestro Presidente es un hombre de bien, honesto y con la incansable intención de sacar al País del atolladero en el que nos sumió la impunidad y la ineptitud (ambas, abrevadero de la corrupción). Como Nación, llegamos al presente, producto del hartazgo… pero también de la esperanza. En este sentido, y como decimos en nuestra tierra, esperamos que las calabazas se vayan acomodando en el camino. No obstante, es importante identificar, tras la masacre en Minatitlán, algunas reacciones desde el máximo poder formal, pues sirven para entender lo que puede venir, pero también sirve para poder prevenir posteriores tropiezos. Primero: Nuestro Presidente salió a Twitter e insultó a “sus adversarios” (¿quiénes son, el Prian, la mafia en el poder, o la ciudadanía que opinó en las “benditas redes”?) por exigirle al Gobierno resultados. Es claro que tantos años de activismo en oposición no se esfuman en unos meses, pero ya es el jefe del Estado mexicano y creo que su tono debe estar a esa altura. Se dice que los subordinados presidenciales son tímidos en la contraargumentación frente a su jefe, pero es imprescindible que le asesoren: Si bien 30 millones votamos por él, eso es apenitas una cuarta parte de los mexicanos y no se puede tildar de adversarios a la propia gente que está harta de tanta violencia y que no le importa quién, cómo o por qué la provocó… sólo espera resultados de alguien que por más de 10 años prometió resolver con prontitud. De ahí, resulta una bocanada de aire fresco el tono de su secretario de Seguridad, en el mismo medio social y en su comparecencia ante el Senado de la República. Segundo, y esto es lo central en mi reflexión de hoy: Desbordarse en elogios, como apoyo al Gobernador de Veracruz. Este punto es para mí no sólo interesantísimo, sino que es una clara muestra de lo que sucede no sólo allá, sino en el resto del territorio nacional. Aquel mandatario estatal fue electo, como todos los demás, por el arrollador fenómeno de AMLO. Pero llegó ahí no por aptitudes, no por capacidad; hay la opinión prácticamente unánime -entre los veracruzanos que sí conocen y entienden la realidad que padecen- que llegó a gobernarlos alguien que simple y sencillamente no tiene nada qué hacer en el Palacio de Gobierno. Por los avatares del camino político, muy a la mexicana, se le coló a Andrés Manuel, se ganó su confianza (siempre es fácil confundir la sumisión absoluta con la lealtad) y hoy es Gobernador… y su entidad arde en violencia e ingobernabilidad. Ahí les va un botón de muestra: Su predecesor, Yunes (pillo de punta a punta) le dejó un fiscal que, al igual que su ex-jefe, no hace malos quesos. En llamas Veracruz, como lo está, teniendo control total de la legislatura local, el Gobernador no tiene ni idea de qué hacer con ese fiscal ni de cómo desactivarlo. Políticamente, tiene un examen de primaria que simplemente no puede resolver. ¿Cómo lidiar entonces con cárteles peleándose plazas, con alcaldes semianalfabetas cooptados por la delincuencia, con corporaciones policiacas completamente infiltradas? Me pareció lastimoso que el Presidente fuera a Veracruz y le diera palmaditas en la espalda a su Gobernador. No se le puede llamar a alguien “honesto”, como lo hizo refiriéndose al mandatario, cuando el primer acto de corrupción es aceptar un cargo público cuando no se tiene la más mínima preparación ni capacidad real para ejercerlo. Andrés Manuel siempre ha querido estar ahí, a la par de los personajes que hoy forman parte del logo institucional del Gobierno nacional. Quiere ser uno de los más grandes presidentes de nuestra Patria. Me parece fenomenal que se tenga esa aspiración… incluso, así deberían ser todos los que se sientan en la silla del águila. El problema es cuando esa aspiración se mezcla con la pretensión de querer ser él, el epicentro del cambio nacional. Creo que ahí se equivoca: Se echó a la espalda, desde su candidatura en el 2012 y tras la hecatombe de violencia que generó el calderonismo, la idea de que él pacificaría al País. Hoy, el consciente colectivo voltea a ver a López Obrador y a Durazo como los únicos responsables del estado de seguridad en México… y nada podría ser más injusto ni incorrecto que eso, porque simplemente no lo son. No provocaron estas circunstancias y tampoco, operativamente hablando, pueden resolverlas solos. El problema es que el Presidente no ha hecho nada para despejar esta idea, sino que la ha solidificado. La última prueba fehaciente es la tragedia de Minatitlán: “Con la llegada de la Guardia Nacional nosotros vamos a pacificarles todo aquí”. ¿Y dónde queda la responsabilidad de las autoridades locales? Trátese de Hermosillo, Sonora o Veracruz… es fundamental apoyar a los gobiernos locales, desde Tenochtitlán (con el garrote de la nueva Guardia Nacional). Sin embargo, es igual o más importante señalar públicamente que por más que el Gobierno nacional quiera hacer las cosas bien, mientras continúen los cuerpos policiacos locales (¿alcaldes y gobernadores?) completamente controlados por/coludidos con el crimen organizado, la historia seguirá igual. De esto, la reflexión del próximo domingo.

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