Columnas El garrote y la zanahoria

Desde la Polis

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Tengo la triste noción de que la sociedad mexicana está acostumbrándose a coexistir con el salvajismo… desde hace años. Espero que mi sensación esté completamente equivocada, pues esta misma desensibilización ante la violencia (en sus diferentes grados de expresión) de parte de la gente, podría llegar a jugar un rol fundamental en hacer más escabrosa la senda rumbo a la pacificación del País. Contrario a lo que cree nuestro Presidente (y que sus subordinados temen aclararle), este proceso de saneamiento social no es impuesto por el Gobierno, de arriba hacia abajo, sino que en el mejor de los casos es sólo fomentado por este, mediante políticas públicas que detonen la creación de capacidades entre la gente, específicamente entre los grupos más susceptibles a ejercer o a padecer la violencia. Definitivamente, un proceso de pacificación sólo germina de abajo hacia arriba, de entre la propia sociedad. Creo que no estamos ante el primero ni mucho menos ante el último incidente como el de Veracruz, donde uno de los sicarios -según relata una sobreviviente- le disparó a quemarropa a un bebé, no una sino varias veces. Esta es sólo una simple muestra del crítico grado de enfermedad en la gente que participa en estos crímenes. ¿Es sólo mi opinión o estas cosas no pasaban antes de que cayéramos en la espiral de violencia? “Es que son las drogas”; falso, estas siempre han sido consumidas por los matones… pero antes no actuaban así. Es parte de la inercia de acondicionamiento violento en el que nos encontramos. Anticipo más eventos como este, no por pesimista (cualquier persona con un mínimo entendimiento de la realidad en el ámbito de seguridad en México opina lo mismo) sino porque estamos tan sumergidos en un punto donde (cohabitan la impunidad, la corrupción y la incapacidad gubernamental) la delincuencia no tiene incentivos -temor- para actuar como le plazca, con el nivel de terror que se le antoje. La apuesta por la Guardia Nacional es que la delincuencia conozca el garrote del Estado nacional y que, atemorizado por él (tras mucho trancazo) la piense dos veces antes de ejercer la violencia entre la población. Me parece una apuesta complicada… pero, como le debió explicar el Presidente a Jorge Ramos, démosle tiempo al tiempo. Claro que en el cortísimo plazo seguiremos viendo niveles históricos de violencia, pero antes de que concluya el año sabremos si el nuevo esquema funcionó o no, pues el pretendido uso de la fuerza a ese nivel, como contención y reacción, tendrá efectos medibles en sus primeros seis meses de aplicación. El Gobierno de AMLO debe comenzar a administrar la realidad que vivimos. Con la efervescencia de la campaña electoral y con el ánimo de mostrar la impericia de los candidatos prianistas, el hoy Presidente hizo promesas muy a la ligera en cuanto a la seguridad pública y dibujó escenarios -de ganar los comicios- francamente inviables y que hoy, tras sus primeras acciones (como el increíble perdón a los del pasado y la monumental señal de impunidad que ello representa) hace más complicado que se cumplan. No tiene gran caso que los miembros del gabinete hablen de la corrupción (como origen de la inseguridad) si no hay una sola acción paralela que apunte a una limpia en el Poder Judicial, donde los esquemas de autorregulación en los consejos de las judicaturas estatales y federales, son una ofensa a la inteligencia. No se puede hablar de la corrupción, cuando en Perú un ex Presidente se vuela la cabeza por el caso Odebrecht y aquí… bien gracias. No se puede decir que “la justicia siempre estará arriba de la ley”, cuando efectivamente un gran número de los encargados de procurarla y de administrarla, deberían estar desempleados o procesados… pero ahí siguen y parece que van a seguir. La victoria electoral de AMLO fue producto de muchas cosas, pero una central fue la esperanza de una gran disrupción que después generara un país con instituciones medianamente respetables y sólidas. Hoy, ese fuego restaurador no se asoma ni en una tímida chispita. ¿Tiempo al tiempo? Quizá, pero la historia mundial nos ha mostrado que los regímenes que traen cambios, empiezan a edificarlos desde el inicio. Entiendo, por el perfil preponderante de la gente que ocupa las estructuras encargadas de mantener la seguridad en México, que se le apueste al garrote de la Guardia; adelante. Pero para “desintoxicar” a la gente respecto al entorno de impunidad y violencia al que se ha acostumbrado, dos acciones serán centrales y hoy el Gobierno nacional no da ninguna señal al respecto: Castigo ejemplar a quienes han hecho daño, desde las instituciones… y la implementación a nivel nacional de un esquema de desarrollo humano encaminado a crear capacidades (las bequitas están a años luz de serlo) entre las zonas más críticas del País. Si la gente es habilitada con herramientas genuinamente útiles, al mismo tiempo que ve que se castiga a quien viole las reglas, podrá empezarse a hablar de un proceso de regeneración donde se respete más la vida, los derechos de los demás y la propia dignidad de uno, como ser humano.

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