Columnas Día de Muertos

De Política y Cosas Peores

Por Catón  

Le decían “el príncipe charro” por no decirle “el pin... chaparro”. Y es que era bajo de estatura, tanto que para atarse las cintas de los zapatos no tenía que agacharse. El tal chaparro se inscribió en un club nudista, pero bien pronto fue expulsado de él. Una socia se quejó: “Siempre anda metiendo la nariz en mis cosas”. Nalgarina Grandchichier, vedette de moda, llenó la solicitud de su licencia para manejar. En el renglón donde decía: “En caso de accidente avisar a.”, puso: “La prensa, el radio y la televisión”. Dulciflor, ingenua joven, resultó un poquitito embarazada. Les dijo a sus papás: “Fue por autosugestión”. “¿Cómo por autosugestión?” -inquirió el padre. Explicó Dulciflor: “Me sugestionó un muchacho en su auto”. Hoy, Día de Muertos, quiero escribir de cosas de la vida. Sentencia una sentencia popular: “En el modo de agarrar el taco se conoce al que es tragón”. Yo lo soy, y ni siquiera digo mea culpa. Tampoco necesito agarrar un taco para que se vea mi calidad de comilón: La anuncia esta barriga mía de canónigo feliz que no sabe de dispepsias o gastralgias. Tengo panza de músico, bendito sea el Señor, capaz de digerir lo mismo yantares cardenalicios que infames comistrajos de figón. “El estómago -postuló Cervantes- es la oficina donde se fragua la salud del cuerpo”. Esa oficina funciona en mí con eficacia grande. Hace unos días, por ejemplo, comí junto al majestuoso templo expiatorio de León, en Guanajuato, una tremenda mixtión llamada “bomba”, hecha con trozos de jícama aderezados con una especie de vinagreta y con generosa añadidura de queso blanco y chile. Tan explosiva combinación -de ahí el nombre de bomba- me hizo lo que el aire a Juárez, si me es permitido mencionar el nombre del autor de la Primera Transformación. Gusto de las comidas sustanciosas, y por lo mismo huyo de esos restoranes ahora tan en boga donde te sirven en un plato cuadrado que tiene casi el mismo tamaño de la mesa un trocito de carne o de pescado que mide lo que una estampilla de correos, con unas hojitas verdes, una varita de material desconocido y algunos dibujitos en el plato para que no se vea tan horro, tan vacío. A mí denme algo que alimente tanto el cuerpo como el espíritu. Unos tacos, por ejemplo, esencia de la comida mexicana; manjar de ricos y pobres; delicia que se construye en un instante poniendo en la tortilla algún sabroso guiso y enrollándola o doblándola para comerla. En todos los sitios de este vasto y hermosísimo País he comido tacos, y todos los he gozado con deleite. Sin embargo mis favoritos son los tacos de “Los pioneros”, en mi ciudad, y los del Chino, en Hermosillo. Cuando voy a la capital sonorense a perorar pido que en el contrato respectivo se incluya una cláusula que obligue a la parte contratante a llevarme a comer tacos de cabeza, pero que sean del Chino. Eso hice la semana pasada, cuando estuve en el Congreso Internacional de Minería y al día siguiente en la Feria del Libro de Hermosillo. Y si alguien llega a mi ciudad y no va a “Los pioneros” a probar sus tacos de cachete, paradisíaco regalo, es como si no hubiera ido a Saltillo. En medio de las calamidades que nos rodean el sencillo placer de disfrutar un taco es una bendición. Decía Georges Bernanos: “Todo es gracia”. Pero esa gracia, la de comerse un rico taco, es una gracia por la cual los mexicanos debemos dar las gracias. “Lele”. Así le dijo una chica oriental a su galán de México cuando este empezó a hacerle el amor en el cuarto 210 del popular Motel Kamagua. “Perdona -se disculpó él-. Lo haré más despacito, para que no te duela”. “No -aclaró la muchacha-. Lele más aplisa”. FIN.

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