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Hoy es Sábado de Gloria, víspera de la Pascua de Resurrección, la mayor fiesta del calendario litúrgico cristiano. Para muchos este sábado es “santo” por ser parte de los días de asueto conocidos como la Semana Santa, y saben de manera un poco confusa que es parte de la conmemoración de la Muerte y Pascua de Cristo. En los usos y costumbres de nuestra sociedad heredera del cristianismo del medioevo, el símbolo más arraigado es la cruz, recuerdo de la Pasión de Jesús que tuvo lugar en la Pascua judía hace casi 2 mil años. En torno a esa crucifixión se desarrolló una práctica religiosa centrada en el dolor, la tortura y la muerte, sintetizada en prédicas y prácticas que subrayaban que ese sufrimiento fue para redimir a la humanidad de sus culpas, “murió para salvarnos de nuestros pecados” se afirmaba y aún se dice... El emperador Constantino fue quien adoptó a la cruz como un símbolo que recordara a Jesús, y la usó como una insignia bélica, como estandarte en la batalla contra sus enemigos. Las tropas de Constantino destrozaron a sus rivales, con lo que consideraron que Dios estaba de su lado; poco a poco se fue admitiendo que los líderes de esa nueva fe, fueran asumiendo las funciones y rituales paganos del gran sacerdote romano hasta hacer del cristianismo naciente la nueva religión del Estado, y del obispo de Roma, un funcionario encumbrado en el Gobierno del imperio. Fue a partir de esa época que se tomó a la cruz como el símbolo principal de los cristianos, y se enfatizó la muerte de Jesús como el evento fundamental en la práctica popular de la nueva fe. El centro de la piedad y la espiritualidad era la cruz y con ella la muerte de Cristo. Las imágenes, oraciones y el misticismo ahondaron en el dolor y el sufrimiento como redentores; había que sufrir y morir para llegar al cielo, en una lógica influida por el platonismo vigente en esos días que preconizaba la necesidad de huir del cuerpo, de lo material, para alcanzar el conocimiento de las cosas espirituales. Se fue desarrollando con los siglos una espiritualidad sufridora, del sacrificio como camino para lavar los yerros; de la vida como una sucesión de dolores y negaciones, de tristezas y sentimientos cargados de culpabilidades que se vieron plasmados en el arte, pintura y escultura, sobre todo, imágenes de sangre y crueldad, diseñadas para mover al miedo y la tristeza, y a un arrepentimiento sustentado en el temor a un castigo dolorosísimo y, para más, sinfín, eterno... Si bien en las enseñanzas formales de la Iglesia no se desasociaba la muerte de la Resurrección, durante siglos gran parte de la prédica de sacerdotes y religiosos enfatizaba sobre todo la Pasión y dejaba de lado la Resurrección, poco se insistía en esa unidad de dos opuestos: La muerte y el volver a la vida. Con esa decisión se tornaba el ejercicio de la religión en una sucesión de sacrificios, dolores, culpas y amenazas, actuales y futuras. Una mística del miedo y del susto perennes. Una vida poco amable y poco vivible. Haber dejado en un segundo término la idea de la vuelta a la vida, enfatizó la perspectiva moridora, por llamarla así, y negó lo dicho por el apóstol Pablo, para el que sólo la Resurrección hacía substancial a la fe... Insistir en la vida, y no en la muerte, invierte de algún modo la perspectiva que sobre la existencia proponía ese cristianismo. Una fe que cimienta con esperanza y gozo, el cotidiano subsistir resulta atractiva y quizá urgente. Es afirmar que la vida merece disfrutarse con alegría, y sostener, además, la responsabilidad común de construir esa placidez con los demás, para mejorar las condiciones materiales y humanas de todos y todas, y construir en el aquí y ahora una salvación posible, no hay de otra...

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