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Columnas Vísperas de Semana Santa

Batarete

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A medida que se acerca la Semana Mayor la gente se va transformando: Va más de prisa y colmada de una inquietud indeterminada, consciente de que dispondrá de unas jornadas alejadas de la rutina. Se trata de una expectativa un poco resbaladiza: Siempre con el temor de que algo arruine el descanso. Mañana es Domingo de Ramos. Algunos iniciarán su vacación; la mayoría esperará hasta la tarde del miércoles, preludio de cuatro días de asueto con la ilusión de lograr la total abdicación de las responsabilidades de trabajo, escuela o excesos similares. En lo personal, acostumbro aprovechar este respiro para descansar en casa. No soy muy amigo de las playas porque suelen consistir, estos días, en una gimnasia fastidiosa entre multitudes donde se compite por un trecho de arena, una sombra endeble, o un pasillo entre las olas donde dar unas brazadas sin chocar con un señor remolón que va de muertito, con los ojos cerrados y un bote de cerveza en la barriga. Prefiero la tranquilidad de mi hogar, sin Sol ni arena, sin escándalos o borrachos recordando en alaridos la última de Joan Sebastian. Si me dieran a elegir yo me remontaría a la sierra alta, a un rancho tranquilo, rodeado de pinos y encinos y con un arroyo cantarín en la cercanía. Me encantaría levantarme con el Sol y retomar la vieja tradición del vaquero sonorense: Echarme un “churumbón” de Bacanora “para hacer la mañana” y después salir a vagar un buen rato por las veredas del ganado para retornar y poner el café, calentar los frijoles y las tortillas, preparar unos huevos revueltos con chorizo, y colocar en el centro de la mesa unas naranjas, plátanos o una charola con trozos de melón o de sandía, de la nuestra que es deliciosa, nada de esas bolitas sin semilla que viajan medio mundo para llegar sospechosamente rozagantes después de recorrer miles de kilómetros para desplazar al fruto del trabajo de nuestros labradores. Ya puesta la mesa y con la fragancia del café inundando cada rincón, el resto de la palomilla comenzará a desperezarse, anhelantes de una taza del aromático, y prestos para comenzar un atareado día dedicado a no hacer nada: Sólo leer, escuchar música, dar largas caminatas conversando sobre la vida, preparar en común los sagrados alimentos, disfrutar de un mezcalito o una cerveza antes del agasajo y abrir una o dos botellas de vino para acompañar la comida. Ya tengo una lista de platillos para saciar la nostalgia: Cazuela, calabacitas con queso, caldo de Chicos, carne en chile colorado, frijol con hueso, algún día pondremos cabeza en el horno de pan, no faltarán las costillas y carne para asar, harta ensalada con lechugas frescas, tomates y aguacates, tortillas de las grandes, enchiladas del pueblo y chilaquiles colorados, frijoles refritos, arroz con leche y una capirotada para bien terminar. Si al final entre todos levantamos los restos, limpiamos loza y vajilla, seguro que tenemos merecida una buena siesta. Al pardear el Sol saldríamos a caminar por la serranía para otear el horizonte y ver el crepúsculo, observar un venado o un gavilán vigilante y retornar con el lucero de la tarde, poner unos troncos en la chimenea y sacar unas sillas al fresco para buscar al Orión, la Osa o las Pléyades, y escuchar en la distancia a los coyotes llamando a los suyos para comenzar, ellos también, el merodeo por un conejo, una liebre o una ardilla descuidada. Y así se nos pueden ir los días, son pocos, en el apacible ocio de la holganza campestre. Pero hay que ser realistas: No poseo rancho alguno y resulta riesgoso aislarse en las montañas, cuando la inseguridad priva en esas regiones. Lo mejor será recluirme en mi casita a la vera del San Miguel; hacer acopio de provisiones y buenos libros, y dedicarme a una sana molicie que me permita recuperar fuerzas y limpiar el caletre.

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