Columnas Éxodo hacia el Norte

Batarete

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Las imágenes son desgarradoras. Una multitud abigarrada, unida por la convicción de que cualquier destino es mejor que lo que dejan atrás. Marchan por las carreteras, hombres, mujeres con bebés, niños junto a sus padres, muchachos y muchachas que se acompañan en silencio, paso a paso, sin más equipaje que una mochilita a la espalda y una botella de plástico llena de agua. Salieron dos o tres centenares de Tegucigalpa; a la frontera guatemalteca con México están arribando casi 5 mil. La mayoría son hondureños. Quizá el país más pobre de Centroamérica; ciertamente de los más desheredados de nuestro continente. Uno de los más violentos e inseguros también. Su patria se extiende por 112 mil 492 km2, contra los 179 mil 335 de Sonora; en esa extensión se aglomeran unos nueve millones de habitantes, concentrados sobre todo en las franjas costeras pues el área central está ocupada por terrenos montañosos de difícil acceso. La agricultura, el sostén de su economía, ocupa casi totalmente esas llanuras ribereñas. Sin embargo, su principal entrada monetaria son las remesas que mandan los hondureños que viven en los Estados Unidos. Desde finales del siglo XIX, Honduras fue un país bananero: Las grandes plantaciones de plátano, que ocupaban casi la totalidad del suelo agrícola, eran propiedad de compañías americanas, que las manejaban como plantaciones con mano de obra sometida y explotada, donde la leyes las dictaban los intereses de las compañías fruteras y la imponían sus capataces gringos, que eran señores de horca y cuchillo. Para todos los efectos el país era controlado y subordinado desde las oficinas centrales, situadas en los Estados Unidos. En Honduras durante la primer mitad del siglo XX se sucedieron dictadores al servicio de los inversores de las fruteras. Los políticos y las fuerzas armadas respondían a los intereses norteamericanos y el país sufrió continuos golpes de Estado que desechaban al mandatario electo y colocaban otro, más acorde con los intereses del capital estadounidense. En los inicios del siglo XXI pareció lograrse cierta estabilidad política, pero en 2006 otro golpe destituyó al presidente Manuel Zelaya, culpable decían, de parecer de izquierda. Los siguientes ejecutivos, hasta el actual, Juan Orlando Hernández, se han alineado a una economía neoliberal desbocada, que ha incrementado la pobreza y el desempleo, y exacerbado los índices de violencia en el país. De ahí huyen los integrantes de la Marcha. Poco tienen que perder. Parecen adoptar la estrategia de los cardúmenes o las manadas: Se lanzan como multitud hacia su ideal, sabedores de que muchos no lo lograrán, pero otros sí, se colarán de algún modo en la meta, y proseguirán su éxodo. No resulta casual que la conclusión del peregrinaje sea el “sueño americano”: Los menesterosos hondureños son descendientes de los que fueron explotados y maltratados para que generaran valor, dólares a rácimos, en beneficio de los barones del capital situados en alguna ciudad estadounidense; estos se enriquecieron descomunalmente con su sudor y su hambre; ahora los herederos de sus víctimas desfilan en un reclamo de justicia callado y desafiante. Se concentran al otro lado de la frontera con México. Ahí esperan a que su número sea tal que se imponga su voluntad multitudinaria. Nuestro Gobierno ha dicho que sólo pasarán quienes tengan sus pasaportes en orden. Casi nadie. Pero van a intentarlo: Quieren dejar atrás el hambre, la violencia, el desempleo y la muerte. Contrario a lo que dice el demente que gobierna en Washington, no son mala gente; son personas promedio a las que clausuraron su horizonte y quieren recuperarlo. Campesinos y trabajadores ocasionales, amas de casa sin esperanza, sin jornales estables, que prefieren caminar con sus críos 3 mil kilómetros que verlos morir de hambre. Es un drama humano que recorre nuestra geografía con el afán de hacer también, de esa otra América norteña, y aunque sea a jalones y jirones, su tierra y su hogar: Tienen razón, pues ambos espacios no se entienden sin una historia compartida colmada de infamias.

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