Columnas Damas cardenales

Batarete

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La semana próxima tendrá lugar, en Roma, la reunión del papa Francisco con el comité de ocho cardenales que designó para que lo asesoren en el Gobierno de la Iglesia y reforma del Vaticano. Hay muchas expectativas sobre los resultados; quizá demasiadas, y conviene tener presente que el asunto es de tal importancia que difícilmente pueden salir, de esta primer reunión, normativas definitivas sobre cualquiera de los temas que se tratarán. Será interesante comprobar si ya hay algunas vías de solución para problemas como el del banco del Vaticano, o la reorganización de la Curia, pero aún esos asuntos, supongo, serán tratados con prudencia y con pies de plomo. Hay, sin embargo, otras cuestiones de carácter pastoral, que preocupan a muchos y que motivaron a varias organizaciones de católicos para mandar una carta al Papa y pedirle que se tomen en cuenta esas inquietudes. Preocupan entre otras cosas, el problema de que en la organización y administración de la Curia predominen los sacerdotes y religiosos. Se dice que la Iglesia está compuesta por bautizados, y sólo una fracción pequeña del 1% son clérigos o religiosas. Preguntan, con razón, por qué no se toma como criterio para participar en la administración eclesial, no el sacramento del orden, o la profesión religiosa, sino simplemente el bautismo. La lógica es que los laicos pueden contribuir con igual o mayor eficacia a la dirección de la Iglesia. Se menciona el problema del celibato sacerdotal en un contexto en el que hay un grave déficit de sacerdotes, y miles que dejaron el ministerio porque optaron por casarse. Consideran de justicia que se reintegre a muchos que así lo deseen, sobre todo si se toma en cuenta que el Vaticano ha permitido a muchos sacerdotes anglicanos adherirse al catolicismo y ejercer como sacerdotes y seguir casados. Esto sucede en Inglaterra y también en Scottsdale, Arizona. Otro asunto es la admisión a sacramentos a aquellos que se divorciaron y volvieron a casar, y arguyen, entre otras cosas, cómo en las iglesias ortodoxas orientales, el sacramento no se considera tanto un reconocimiento a una vida impecable, sino una ayuda espiritual para mejorar su condición, una perspectiva más humana. Pero una de las ideas que están apareciendo en varios puntos de la geografía eclesial es la que trata sobre la posibilidad, y oportunidad, de que el Papa nombre a varias mujeres cardenales. A primera vista, eso parece un sin sentido, pero no lo es tanto: El título cardenalicio no es más que algo honorífico, que trae consigo ciertas responsabilidades; pero no requiere el sacramento del orden. Es decir que de acuerdo a la teología el sacerdocio, el diaconado o el episcopado sí son sacramentos y, como tales, imprimen carácter. El nombrar a alguien cardenal de la Iglesia sólo es concederle una distinción, y una tarea. En el pasado ha habido cardenales laicos; en el colmo del cinismo, algunos Papas del medioevo y del renacimiento concedían el cardenalato a hijos o sobrinos suyos, a muy corta edad, algo así como el Príncipe de Gales, en Gran Bretaña, sin que fueran sacerdotes siquiera. Ahora se pide que lo sean, incluso se prevé que al recibir la distinción sean ordenados obispos, si no lo son, pero incluso esta previsión ha sido dispensada recientemente en el caso de algunos teólogos insignes que solicitaron no ser obispos, cuando los nombraron cardenales por su contribución a la Iglesia. Es cuestión de cambiar una ley positiva y admitir a mujeres a esa distinción. No tendrían que estar ordenadas ni necesariamente ser religiosas. Sería una magnífica oportunidad para tener una representación femenina, y su voz, en un conjunto lamentablemente demasiado masculino. Hay en el mundo muchas mujeres entregadas a la teología y la labor social y de caridad, que podrían ejercer esta responsabilidad. Conseguirían asesorar eficazmente al Papa y participar en la elección del Pontífice, aunque no podrían ser a su vez, electas para el obispado de Roma. Lo más importante sería introducir la perspectiva femenina en el Gobierno de la Iglesia, y romper el monopolio absurdo de los varones consagrados. No es poca cosa. Ernesto Camou Healy es doctor en Ciencias Sociales, maestro en Antropología Social y licenciado en Filosofía; investigador del CIAD, A.C. de Hermosillo. Correo: e.camou47@gmail.com

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