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¿Defensores de la dictadura?

Observo en López Obrador, la 4T y la presidenta Sheinbaum una inquietante afinidad con el viejo principio marxista de la dictadura del proletariado.

Nicolás Pineda

Observo en López Obrador, la 4T y la presidenta Sheinbaum una inquietante afinidad con el viejo principio marxista de la dictadura del proletariado. Se advierte en su indulgencia hacia las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua, pero sobre todo en su empeño por desmontar los contrapesos del Estado liberal y concentrar el poder. A ello se suma la militarización de funciones civiles y una justicia de dos velocidades: rigor para los adversarios e impunidad para los aliados.

Cabe entonces preguntar a los defensores de la 4T: ¿Qué piensan de la dictadura del proletariado? ¿Consideran las dictaduras de izquierda modelos deseables? ¿Es ese el destino que imaginan para México?

GENEALOGÍA DE LA DICTADURA DEL PROLETARIADO

La dictadura del proletariado es uno de los conceptos más controvertidos del marxismo. Marx la concibió como una transición hacia una sociedad sin clases. Lenin la convirtió en fundamento del poder revolucionario. Sin embargo, pronto surgió una contradicción: ¿cómo puede gobernar una clase social?

Robert Michels advirtió, con su ley de hierro de la oligarquía, que toda organización genera élites dirigentes con intereses propios. La historia mostró que las revoluciones socialistas no fueron gobernadas por obreros industriales, sino por elites políticas provenientes de las clases medias ilustradas.

El proletario ha sido sustituido por una categoría más amplia y ambigua: El pueblo, identificado los pobres. Como el pueblo no puede gobernar directamente, una élite ideologizada termina gobernando en su nombre.

Así, la fórmula acaba siendo: Una minoría dirigente concentra el poder alegando defender a las mayorías desfavorecidas. La consigna de “Primero los pobres” es moralmente atractiva, pero no resuelve quién gobierna, cómo lo hace, ni quién puede exigirle cuentas.

LA CUESTIÓN DE LA DICTADURA

El problema aparece cuando a la justicia social se añade la pretensión de ejercer el poder sin límites. Una corriente autoritaria de la izquierda ha despreciado históricamente la división de poderes, el pluralismo y las libertades individuales, considerándolos artificios de la democracia burguesa.

Pero existe también una izquierda democrática, expresada principalmente en la socialdemocracia, que no pretende abolir la democracia liberal, sino ampliarla y profundizarla. La igualdad distingue a la izquierda, pero la democracia exige también libertades, pluralismo y límites al poder. Desde esta perspectiva, la justicia social requiere no solamente distribuir la riqueza, sino también distribuir el poder.

La distinción es fundamental: No se trata de escoger entre izquierda y derecha, sino entre democracia y autoritarismo. Cuba, Venezuela y Nicaragua ilustran los peligros de confundir revolución con perpetuación en el poder. Cuando desaparecen los contrapesos, la disidencia deja de ser un derecho y se convierte en amenaza.

En México, la concentración del poder ha avanzado considerablemente. Mañosamente se obtuvo la mayoría calificada legislativa y con “acordeones” se eliminó la independencia del Poder Judicial.

A ello se agrega el debilitamiento de organismos autónomos, la creciente presencia militar en tareas civiles y el abandono de las agendas de fortalecimiento municipal, federalismo y participación ciudadana. En lugar de distribuir el poder, se busca reunirlo bajo una sola conducción.

Resulta paradójico que la izquierda mexicana, que durante décadas combatió el presidencialismo autoritario del PRI y luchó por elecciones libres, pluralismo y autonomía electoral, ahora parezca dispuesta a desmontar esas mismas conquistas.

Algunos morenistas justifican estos excesos diciendo que no se puede transformar un país “sin romper vidrios”. Pero los vidrios que se están rompiendo son precisamente las instituciones destinadas a impedir el abuso del poder.

La pregunta de fondo para los defensores de la 4T no es si están a favor de los pobres. La cuestión es si consideran legítimo concentrar indefinidamente el poder en nombre de ellos. Descanse en paz, Cuauhtémoc Cárdenas.

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